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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

viernes, junio 08, 2007

15. Armando Reloaded: Deus ex máchina


Llevaba ya mucho tiempo –¿fueron dos horas o dos siglos?, y es que a resultas de responderme semejante pregunte averigüé entonces el auténtico significado de la Eternidad misma– escuchando a la multiplicidad (dos) de seres que cohabitaban en un único cuerpo conocido bajo el nombre del Padre Armando. Pero el estupor no acabó aquí, no: hubo más; si por el grandísimo tostón que había aguantado sin rechistar supe del Armando Padre y del Armando Hijo, luego, tras aguantar en la sala otra Eternidad o dos, descubrí al Armando Espíritu Santo, o eso o fue que debí alucinar (una vez más) después de la borrachera mental que sus palabras –santificadas sin excepción por los allí presentes– causaron en mí. Y así, alucinado o arrebatado vi a Armando mismo descendiendo al escenario con la lentitud mayestática de un mecanismo de relojería, y ahora se nos presentaba –por si no tuviéramos ya suficiente con dos Armandos– un tercero, encarnado bajo una nueva forma sin forma, pues de ella sólo se apercibía una intensa luz que salía de dentro hacia afuera alcanzado a todos los infraseres que allí permanecíamos resignados a la suerte que todos esos Armandos tuvieran a bien dispensarnos. Y así, este tercer e inesperado Armando interrumpió la trama (o madeja) discursiva iniciada por Armando Padre y Armando Hijo para, según les dijo, revolver la complicada situación discursiva de los susodichos Armandos, y es por ello que entonces de esa presencia radiante brotó una poderosa voz gutural que esputó lo siguiente:

“Irrealmente no creo muchas o, mejor dicho, no he creado más bien a ninguna, así que no creo y punto, pero en su defecto imagino, y por ende imagino que ninguna de las doscientas personas de esta sala se habrán interesado por nada de que lo que hayáis podido proclamar que no tuviera calado en cuanto a contenidos, ni entidad en cuanto a estructura discursiva; es decir, no se han interesado por nada de lo que vosotros Armandos les habéis contado. Porque es que además, vosotros Armandos –que ni os conozco ni sé nada de vosotros aun siendo parte de mí, igualmente Armando– diciendo cosas como las que decís de tanta banalidad (pero de la banalidad con V, de vendetta) e inocencia a pesar de que nadie lo diría porque Armandos sois, sí que demostráis aspectos sobre vuestra personalidad que no transmiten cosas –cuantas cosas por cierto si juntamos estas a las de antes– en principio ni en el medio ni al final (¿y durante?) halagüeñas u hogareñas ni encomiables o soportables, ni mucho menos envidiables o maleables (porque son duras como el cemento), a pesar de ser quienes sois: tan Armandos como yo, o más; pues me veo en la obligación de deciros que ser Armando, al igual que ser médico anestesista (pues es que una anestesia cuanto menos ligera es siempre recomendable previa a la atenta escucha de vuestros discursos) o piloto de la armada (para huir veloz de la sala donde estéis aleccionando y luego si acaso regresar con un bombardero con la suficiente munición que arrojar y no dejar títere de Armando alguno con cabeza), no se es "de verdad" o "de mentira", sencillamente se es o no se es, y la realidad es que vosotros Armandos hasta el momento presente, orando aquí, no habéis dado muestra de disponer de ningún talento en particular a excepción de ser meros Armandos. Queda inaugurado este pantano del que hacéis bien Armandos por formar parte pues es que, si me permitís y sino también ya que Armando mucho es, yo os invitaría además a valorar la posibilidad -sólo la posibilidad- de que tal vez lo que ocurre no es que no os entiendan, sino que no os expliquéis: es una mera cuestión de semántica Armandosiana en realidad. Y por riguroso orden, sin omitir nada de mi mente, y, sobre todo, sin añadir nada (porque últimamente –unos cuantos lustros o décadas para precisar– ando escaso de ideas), de nuevo, os reitero mi invitación a calibrar desde un enfoque más educado, más que todo de un Armando que se precie como tal en las manos o en los pies, las capacidades de los demás Armandos para ver o no sentido a las cosas (y ahora ya tenemos tantas de cosas si reunificamos las otras cosas anteriormente sacadas a colación o directamente a la colada que ya no nos van a caber ni en nuestras mentes por muy Armandos que seamos). En suma Armandos todos, henos aquí reunidos, ¿y para qué?, o sea traducido al esperanto pasando por el Pisuerga: todo se resume a una cuestión de educación decirle a alguien Armando que "no he entendido" algo que ha dicho tal u otro Armando, cuando lo que sucede es que no lo entendería ni el Armando más aventajado exegeta de la misma Torá Armansiana. No sé Armandos, si me empiezo a explicar (punto este siempre espinoso y harto complicado viniendo el discurso de un Armando como yo o, también, como vosotros), pero sino no os preocupéis pues lo intentaré de nuevo en otra ocasión, empleando toda la claridad de la que un Armando es capaz de aplicar a un discurso procedente del mismo Armando ya que, por si no lo teníais claro, yo, Armando, deseo ser querido y aceptado tanto como cualquier otro Armando, ya que amar a un Armando es la sensación más intensa que existe: amar y ser amado entre Armandos, o ser querido por todos los Armandos posibles, y es que ya somos nada menos que tres. He dicho, Armandos.”

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sábado, mayo 26, 2007

14. Se hacía llamar Padre Armando pero no cantaba canciones de Amor precisamente


Dicen (será por aquello de decir) que sólo el hombre es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, y este menda (lerenda), que no sabe ya si es humano, transhumano o directamente bosquimano, no sólo es capaz de tropezar dos veces sino veintidós, veintidós,… Así que me vi de nuevo envuelto en esas decisiones inexplicables (¡a ver si no va ser que no sólo no las tomo muy de vez en cuando sino casi siempre!) del tipo de presentarme a un encuentro entre adeptos, y feligreses varios, de un emergente líder de masas pero de índole espiritual, recién venido a nuestra comunidad de espéculos y otro instrumental médico variopinto. En una reunión así no había duda alguna de lo que cabía esperar: el ensalzamiento de susodicha figura iluminada. Con objeto de levantar acta de tan mayúsculo evento procedo a efectuar la siguiente decla{r,m}ación:

Yo mismo (¿y quién soy yo?, pues sea quién sea…) DECLARO que asistí en fecha 21 de Marzo a la sala de reuniones eucarísticas de los devotos seguidores del Padre Armando, y que nada más entrar, y puesto que el susodicho acto ya había empezado, tuve a bien escuchar de la misma boca del Padre Armando algo muy difícil de entender para un espécimen como yo, y digo más: si para mí resultaba harto imposible de asimilar sólo puede ser achacable a mi ilimitada ignorancia, o eso o fue que pude coger in flagrante delicto de demente testimonio al susodicho predicador. Y para que juzguen ustedes mismos, reproduzco aquí palabra por palabra –pues asistí al acto grabadora en mano a sabiendas de lo que me iba a encontrar– el controvertido discurso del maestro sin parangón de hormigones y hormigoneras, Armando Padre:

“…Yo, Armando, no he entendido ni una sola palabra de lo que has dicho, oh Armando mismo, y no es ni un recurso sarcástico ni una muestra de que yo pueda ser tonto, o lerdo, o tardo a la hora de entender cualquier cosa, sencillamente demuestra que yo soy así, Armando para más señas, y puestos a precisar precisemos: me estoy refiriendo a así de muro frontal de cemento arma(n)do. Yo, Armando, como siempre tan receptivo a todo aquello que yo mismo considere por verbigracia de yo mismo una vez más (y las que sean menester), te pido sencillamente, y porque no podría ser de otra manera viniendo de alguien como yo, una persona harto sencilla: ¿podrías ser más explícito?”

Y entonces el gran maestro se sumó de nuevo a su propio discurso, en calidad ahora de Armando Hijo:

“Vaya, Armando Padre dice que no se entiende nada de lo has dicho. Y yo, Armando Hijo, creo, porque yo creo en Armando Todopoderoso y su único Hijo –este soy yo, Armando– que, a estas alturas de curso, con todo el tiempo que llevamos en esta sala casi doscientas personas intercomunicándonos, quizá es llegado el momento en que haya confianza y sinceridad de llamar a las cosas por su nombre, de decir todo claro, y de si, el rey va en cueros, ha-de-vertírselo sin mayores complicaciones. Una muestra oficial, certificada, contrastada y con un resultado preciso y concreto de que Armando Padre está aquí y es el primero que dice las cosas por su nombre es justamente que el mismo Armando Padre os lo está confirmando ahora mismo.”

Entonces paró por un momento y poco después continuó así:

“Y ya puestos a decir, Armando Padre dice: casi todos nosotros actuamos de la mejor y de la peor manera en determinados momentos de nuestro devenir. (Por mi parte, yo casi siempre actúo de la peor manera pero eso ahora no tiene importancia.) Vosotros, estimados discípulos, podréis acudir a un excelente especialista médico, que os curará por las más variadas razones (por las razones de la razón sin ir más lejos), pero para saber si tu sangre tiene o no una determinada sustancia, o si la tiene en una u otra cantidad, no te lo estimará a boleo ni a partir de toquetearte o mirarte (bueno, eso si el facultativo no tiene la libido demasiado subida), sino que te enviará a que te hagan un análisis, pero Armando os dice: esto no es suficiente para sentirse a gusto con el mundo, con los demás, y con Armando mismo, es algo que depende de nosotros, no de los demás sean doctores de la medicina o no. Creo que esto es sencillo de entender bajo el punto de vista de Armando, porque es, en definitiva, una actitud personal, que convenientemente encauzada da sus frutos. La actitud inteligente, esto es, la de un Armando como yo, es aquella en que miramos lo que nos rodea (básicamente a Armando) y a quienes nos rodean (continuamos observando sólo a Armando), y logramos sentirnos con los medios y personas a nuestro alcance (esto es, Armando, cómo no) lo más felices posible, dentro de lo razonable según dice Armando. Por ello, creo que lo mejor es ser claro, d-recto, conciso y rápido, vamos como Armando mismo. El mecanismo más preciso con que se cuenta actualmente para calcular esta felicidad según Armando, y con su versión más moderna, es el test AAIS-III, esto es el test en pos de un Armando Alto Inteligente y Sereno. Podría haceros una reseña sobre el eminente ser que lo desarrolló, esto es, yo mismo, Armando, pero no lo haré. Debo, sin embargo, añadir que es muy importante que, si os decidís por realizar mi test, elijáis un día a ser posible soleado y en que podías acudir a realizar la prueba con las menores preocupaciones posibles (prohibido entonces hablar de Armando), habiendo dormido bien y sin haber consumido ninguna sustancia que pueda actuar sobre el Sistema Nervioso Central, el vuestro y, dicho sea de paso, el de Armando, porque os debo decir, por si todavía no lo sabéis, que Armando, y aunque no pudiera parecer a simple vista, está conectado a todos los seres. Por ello considera, y muy justamente, que a resultas de esta indeleble conexión todos los seres pasan a ser seres de Armando. Por lo demás, seáis bienvenidos, pasaos y poneos cómodos. Sin ir más lejos os podréis sacar el calzado siempre y cuando os hayáis lavado los pies de antemano. Aparte también está el tema de la higiene mental, en el sentido de estar alerta de las ideas que más puedan perjudicar a quien padece una patología cualesquiera, y también es clave evitar situaciones desencadenantes o agravantes; para lo primero existen técnicas y, cómo no, la ayuda profesional, la de Armando sin ir más lejos; para lo segundo, empero, juega el factor suerte, es decir: no siempre podemos evitar encontrarnos en situaciones o momentos emocionalmente críticos, aunque, dicho de soslayo, qué tendrá que ver la suerte con encontrarnos en este tipo de situaciones o no. “

Parece que no tuvo suficiente con todo lo anterior dicho que prosiguió su plática con lo que sigue:

“Ya sé que yo mismo me contradigo, primero diciendo una cosa y luego cuestionándola pero es que este es mi discurso, incoherente y múltiple, el discurso del Armando Padre y el del Armando Hijo en un único cuerpo; y es que no estoy dispuesto a simplificarlo para acrecentar el reconocimiento de los demás, acción sobre la cual os prevengo severamente: la tendencia a buscar el reconocimiento en los demás constituye un error, quien ha de reconocernos, antes que nadie, somos nosotros mismos, y es así que, sin duda, proyectaremos la mayor parte del tiempo la impresión de armonía, seguridad, y, la sensación de estar tranquilos y felices dentro de lo que cabe, de lo cabe en un Armando o dos (como es este último mi caso). La autoestima y la seguridad en nosotros Armandos mismos, radica en al amor que nos tenemos como Armandos que somos, que no nace de la noche a la mañana (bueno en mi caso así fue aunque el mío sea de veras muy singular, pues sino Armano no sería), Armando bién lo sabe, y que hay que cultivar y mantener cada momento de nuestras vidas. Y para ello existen los mecanismos -e incluso técnicas- más variados. El amor por un Armando mismo no tiene nada que ver con el tipo de comportamiento que se caracteriza por la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno, sea Armando u otro cualesquiera. Ése no es amor a uno mismo sino más bien una forma de tratar de conseguir la atención, por muy Armando que sea, y el aprecio de los demás. Es una actitud tan neurótica como la del individuo que está sobrecargado de desprecio a sí mismo. El comportamiento arrogante y jactancioso está motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás. Quiere decir que el individuo se valora a sí mismo en función a lo que los demás vean en él. De no ser así, no sentiría la necesidad de convencerlos. El amor a uno mismo quiere decir que te amas a ti mismo, y esto último nadie lo hubiera nunca dicho a no ser porque Armando lo acaba de decir; no exiges el amor de los demás. Es suficiente contar con la propia aceptación interna. No tiene nada que ver con los puntos de vista de los demás.”

Y por último se sumó de nuevo Armando Hijo para apostillar a modo de colofón:

“Sí señor, Armando Padre, un tratado breve pero claro, sucinto pero preciso, en el que el Armando Padre coloca muchas cosas en su sitio, o al menos lo intenta con gran lucidez.”



Próxima entrega: ¡Me huelen los pies a pesar de no lavármelos nunca!

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domingo, mayo 20, 2007

12. El club de los preclaros tuertos (buscando a Susano desesperadamente)

En una de esas decisiones inexplicables que, por suerte para mi cordura, tomo muy de vez en cuando, me vi arrastrado a un encuentro periódico entre gente muy, muy (pero que muy, muy) inteligente. (Nota aclaratoria: me gustaría achacar en esta ocasión mi inconsistencia mental a algún suceso de tipo colectivo del cual no tuviera conciencia en el instante de cometer semejante insensatez, p.ej. del tipo de una emisión marciana de ondas coartadoras que impulsaran a los terrícolas por un período de una hora a emprender acciones del todo absurdas.)

Cuando llegué al salón donde se iba a desarrollar semejante reunión estaba prácticamente abarrotado, aunque pude colocarme, o mejor dicho, esconderme en un rinconcito de la última fila, a mano izquierda según entrando. Me senté y, casi al mismo tiempo, esperé sin saber porqué lo peor (bueno sí lo sabía pero para qué decírmelo, ya bastantes noticias aciagas recibimos del exterior como para empezar ahora a recibirlas también desde el interior). En todo caso, no huí ipso facto, y es que debería haberlo hecho. Pues bien, no sólo no puse pies en polvorosa sino que aguanté hasta el final cual resistente numantino; y como se verá a párrafo seguido mucho aguante tuve, o eso o lo de las ondas marcianas más que hipótesis era un verdad como un templo.

Nada más aterrizar y salió un asistente a la palestra, esto es, un púlpito desde donde allí parecía que la gente platicaba nomás –nomás que tonterías, adelanto desde ya mismo, por si luego en medio del fragor del discurso trascrito le quedaran dudas al lector. Y no empezó todavía el sermón cuando todo el mundo allí sacó papel y estilográfica y parecía dispuesto a… ¡tomar notas! ¡Madre del Dios hermoso, dónde fui a parar! Y entonces dije las siguientes palabras (eso sí por lo bajini, no fueran a lincharme): ¡Madre! ¡Sálvame de estos insensatos, tú que tienes contactos directos con el Todopoderoso! ¡Te lo pido por lo que más quieras, tú que quieres y mucho aunque no lo parezca! Será que por la tensión del momento no debí pronunciar con suficiente claridad esas mis palabras exhortantes, pues no me salvó, no. ¡Tuve que tragar mecha y a palo seco!

El espontáneo empezó así su discurso: “¡Qué alivio estar de nuevo con vosotros, dejando por un momento de lado mis importantes negocios al frente de mi propia empresa, y ver una vez más que aquí hay un montón de personas que hacen cosas exactamente igual que uno mismo!…” (Sí, estimados lectores, él también, y a pesar de estar hablando, estaba garabateando lo que fuera en un bloc que sostenían sus manos.) “…qué enorme congratulación me da saber que vosotros también estáis comprometidos con los problemas capitales de la humanidad como por ejemplo la inclusión de paneles solares en los pisos de nueva construcción, para así evitar la estupidez de quemar carbón para producir electricidad, reduciendo emisiones…” (en ese punto me sobresalté de repente, yo que estaba a punto de convertirme en un emisor indeseable de gases contaminantes, justo por la parte trasera de mi ser, entonces me contuve no fuera que no saliera vivo de allí, rodeado como estaba de gente tan concienciada en pos de un mundo sostenible) “…¿tanto cuesta que en los aparcamientos de los susodichos pisos tengan un enchufe con llave, para que el día que se empiecen a vender coches eléctricos (o híbridos) la peliaguda cuestión de la infraestructura esté ya resuelta?” Aquí fue cuando empecé a pensar si alguien no había inundado la sala con algún efluvio alucinógeno, pues esa (¿capital?, ¿marsupial?) cuestión consiguió arrancar de los asistentes una enorme ovación. Y el tema no se paró aquí, no, ¡fue todavía a mayores! No se quedó contento con lo que acababa de decir que justo después se atrevió con lo siguiente: “…Y por cierto, lo que más me gusta de las mujeres es su intelecto.” La sala parecía venirse abajo; y abajo estaba yo, por los mismos suelos, pero de las naúseas. De verdad que alguien aquí tenía un problema, y sí, ese alguien parecía que… ¡era yo!, a tenor del entusiasmo que sembraba en el resto de los espectadores. Pero es que el festival parecía no tener límites. De repente se levantó del asiento una, poseída seguramente por un arrebato de índole religioso, y le esputó sin anestesia ni nada: “Muy razonable, muy razonable todo lo que dices, lo que haces…” (¿eh? ¿lo que haces? –me dije por mis asustados adentros -sí, me sentía a la sazón francamente atemorizado, estaba casi convencido de que no saldría de allí sin ser por ellos abducido-, pero si no había hecho nada desde el púlpito a excepción de parpadear más de la cuenta y sonreír como si estuviera bajo los efectos del gas nervioso) “…tienes una buena formación” (esto, ¿qué me había perdido algo?, si no había dicho dónde había estudiado ni tampoco nada remótamente parecido) “…y mucha sensibilidad, del tipo empresarial sin ir más lejos. Congratulaciones diversas (por aquí, por allí, por tu entrepierna también). Por cierto, me han interesado tanto algunas de tus opiniones que quisiera comentártelas en privado.” Y entonces el bochorno no fue suficiente que una nueva se sumó al inteligentísimo debate: “Esto, yo también, o sea, enhorabuena, o sea, me ha, o sea, encantado, te lo juro, o sea, ¿para cuándo, o sea, quedamos?”
Proxima entrega: lo que más me gusta de las mujeres es: los callos de sus pies izquierdos

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viernes, mayo 11, 2007

11. Por qué leo los listines telefónicos con frenesí


No lo puedo evitar. Llevo meses enganchados a ellos. Apasionadamente leo una y otra vez el listado de los abonados. Los últimos días estoy imantado a los usuarios cuyo primer apellido empieza por la letra F, y más en concreto a los Fernández: FERNANDEZ ABAD, FERNANDEZ ABASCAL, FERNANDEZ ANCIO, FERNANDEZ BALDADO, FERNANDEZ BALDOR, FERNANDEZ CAREO, FERNANDEZ CATEO, FERNANDEZ COTERO-ECHEVARRIA, FERNANDEZ DE LA ABADIA DE TORREDOLONES, FERNANDEZ DEL CANALILLO, FERNANDEZ DE LA REGUERA, FERNANDEZ LECHERO-FUENTERAVIA, FERNANDEZ LITINEZ, FERNANDEZ MARTINEZ, FERNANDEZ MATEO, FERNANDEZ RANCIO, FERNANDEZ RASTRERO DE MEDINASIDONIA,… ¡Qué intensidad, qué vigor narrativo! No te repones del sobresalto de haberte tropezado con un Fernández Abad de los Fernández Abad de toda la vida, cuando a renglón casi seguido aparece brutalmente todo un ¡Fernández Abascal! ¡Qué atrevimiento!, así como si nada. Y luego, qué forma tan sucinta pero precisa de describir: basta con colocar sus dos apellidos, las iniciales de su nombre, la dirección y el correspondiente número de teléfono; y si quieres saber cómo es –alto, mediano, a ras de suelo; escuálido, delgado, tonel de cerveza; si tiene algún rasgo distintivo o no, pongamos una peca en las zonas genitales,…–, a qué se dedica –a la abogacía, a la medicina, al vilipendio de sus congéneres,…– y con quién vive –con una esposa católica y dos hijos naturales, con su suegra tras fugarse del domicilio familiar con la susodicha, con una vecina los lunes y los jueves al mediodía y con su mujer el resto del tiempo,…– qué mejor que conocerle en persona yendo a su casa, previa cita concertada por teléfono (ya que te lo facilitan muy amablemente). ¡Y punto! Es un hecho seguro que te abrirá las puertas de su hogar y que te obsequiará con todo tipo de detalles hasta saciar tu curiosidad malsana. Sobran entonces las descripciones banales, cretinas, farragosas sobre personales -tanto o más banales, cretinos o barragosos que las descripciones que les definen- a las que nos tienen acostumbrados en sus criminales novelas todos esos insignes escritores con los que, yendo de librería en librería, buscando ordenadamente por las de igual maneras ordenadas alfabéticamente estanterías, me he dado de bruces; y es que además, y con los años, me di perfecta cuenta que casi era preferible no hacerles ni caso y que, eso sí, lo que me impresionaba de ellos era sólo su nombre y apellidos, pues bastaba con abrir sus libros para de inmediato volverlos a cerrar del asco, de las arcadas que tanta estupidez pamplinesca en letra apretada o expandida, en tapa dura o blanda era perpetraba de continuo y sin escrúpulo alguno, y así alejé de mi vista, y para siempre, toda esa literatura-engaño que tanto burla a los sentidos comunes (si bien tan poco comunes), y, así (una vez más) fruido de la virginal intensidad de los nombres y apellidos, me abandoné a la única y más auténtica lectura: la de la colosal y majestuosa literatura de los listines de teléfonos. ¡Benditos seáis, para esta vida y para la que viene, listines que contenéis todos los apellidos habidos y por haber!

Próxima entrega: ¡Catedráticos al paredón!

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martes, abril 03, 2007

10. Epístola a una Corintia



Estimada (a la par que odiada) Corintia,

Antes que nada perdóname, pero al ver escrito ese atrevimiento tuyo de “a quien pudiera interesar” he estado a punto de prender fuego a tu carta. Lo peor es que poco después me he arrepentido de veras, porque semejante desagravio me ha generado una urticaria en mi maltrecho organismo de la que todavía no me he podido recuperar. Ya sé que tú –presumo, en tu bendita inocencia– no tienes culpa alguna de ello, pero es que a mí me ha recordado (sí, lo sé antes de que tú me lo digas, ¿porqué lo has hecho? ¿porqué no has podido dejarte llevar sin más y dejar los recuerdos en paz por unos instantes?... continúo:) a todas esas cartas de recomendación detallando hazañas curriculares varias que he tenido a bien recoger, y cuyo comienzo era así en todas, y que me han servido para lo justo y no más, porque resulta que con el tiempo me he dado cuenta de que lo de “a quien pudiera interesar” se refería en mi caso a prácticamente nadie.

Después, de esta consideración previa, debo decirte que, cual colegial bonachón, he ido obediente y sin rechistar al quiosco para comprar tu recomendación nada más salir de mi obligado retiro (digo obligado porque la gente a grandes dosis también me produce urticaria); y esto tiene mérito, me refiero a lo de ir al quiosco, porque hacía al menos unos diez años que no me acercaba a ninguno, debido al acentuado escozor que los quioscos, o para ser precisos, los quiosqueros producen en mí –muy por encima del escozor medio que me produce la población en general.

A continuación, y cuando la revista obraba ya en mi poder, ¡me tuve que aguantar las irrefrenables ganas de tirarla a la basura inmediatamente! y no por la revista en sí, ¡no vayas a pensar eso viniendo la recomendación de ti! ¡No! (Lo siento de nuevo y perdóname si puedes: no tienes tú la culpa, bendita seas una y un millón de veces, ya lo sé, soy yo y sólo yo el culpable; y es que por motivos imposibles de confesar si no es en presencia del padre Piquillo, siento una especial aversión hacia todo tipo de revistas). Pues bueno –que parece esto ya más inacabable que el via crucis de nuestro amado Señor–, sacando fuerzas de dentro de mí que desconocía tener, me dispuse a abrirla, y lo peor, ¡a leerla incluso! Vaya, cómo empiezas el día –me dije para mis adentros. Y luego añadí mitad conciliador mitad agorero: bueno, no te desesperes todavía; a ver cómo acaba.

Resumiendo Corintia –te podías haber saltado los tres párrafos anteriores: no servían para nada, ¡soy un canalla, lo sé!– que me obligué a leerlo y, para colmo de los colmos, ¡me obligué también a tomar notas! Y una vez que acabé con tan sacrificada tarea, no pude por menos que lanzar, a los cuatro vientos en un arrebato místico: ¡Qué has hecho de mí, Dios mío! ¡En qué me has convertido! (no sé si lo hasta ahora aquí narrado es rozar casi la santidad, pero a mí hace unos minutos, y en medio de la confusión del arrebato, así me lo pareció); paso, en todo caso y después de recuperarme del éxtasis religioso que me invadió incomprensiblemente, a explicitar, ahora sí, mi crítica desacompasada de la revista (supongo que tendrás claro a estas alturas que este cuarto párrafo tampoco servía para nada):

p.5: “Valorar la sensibilidad” (Si conocéis al autor por uno de sus ‘libros’ –los llaman así a falta de otro nombre que no hiera la sensibilidad de sus lectores– os recomiendo que tapéis de inmediato la foto de él que aparece si queréis leer el texto sin mayores problemas…)

p.6-8. (Corintia de marras, he seguido tu recomendación: me he fijado en las fotos y, para variar, he empezado a hacerme unas preguntas, seguro, no demasiado pertinentes: ¿Qué le pasa a la mujer de la p.6-7? ¿Por qué mira cabizbaja? ¿Será por qué ha terminado bruscamente una relación con la mujer de la p.8? ¿Es de ellas dos el niño que sostiene la mujer de la p.8 o sólo se lo han prestado para hacerse la foto?)

p.8. La editorial finaliza con: “…es necesario darle lugar a nuestro mundo sensible, aquel en el que habitan todas nuestras emociones, aquellas que nos preparan para la acción. Pero no una acción cualquiera, sino para una satisfactoria, congruente, adulta y responsable.” ¿Quién no podría suscribir semejante declaración? (Sí, a mí también se he ocurre mucha gente.) En fin…

p.32. “El valor de ser sensible” Destaco de la p.33, el punto que dice que si eres una persona altamente sensible “probablemente eres muy intuitivo, concienzudo y sintonizas con los sentimientos de los demás… y, probablemente, eres más emocional.” Hubiera estado mejor que nos lo hubieran confirmado del todo (y no probablemente o al menos que hubieran precisado la probabilidad). Ahora estoy hecho un lío: creo que encajo en el perfil pero sólo ‘probablemente’.

p.40. “¿Eres una persona muy sensible?” Aquí sugiere un test para determinar si eres o no sensible. (No sé si me hacía falta hacerlo para tener la confirmación definitiva pero vale va…) En todo caso, te recomiendo que no lo hagas en compañía, porque marcar con verdadero a algunas de esas preguntas en presencia de alguien tiene que causar un bochorno de aquí te espero (debe ser por eso de la sensibilidad). Pongo algunos ejemplos: “Tengo una vida interior muy rica y compleja”, “Me conmueve profundamente el arte o la música”.

p.42-43. “Disfruta del don de ser sensible.” Aquí nos dan directamente consejos para disfrutar de ese lastre, perdón… quería decir don. La lástima es que no viene ni el nombre ni (lo más importante) la dirección del autor, porque dice algunas cosas de las que convendría hablar en persona con él. P.ej. BUSCA AMIGOS SENSIBLES. ¿Cómo se hace eso? ¿Se ha de ir por la calle con un rótulo colgado del cuello que ponga “Soy sensible, ¿y tú?” Más irritante resulta lo de BUSCA UN BUEN EMPLEO o TRABAJA POR TU CUENTA. Yo, a mi entender, hubiera preferido que hubieran puesto directamente OBTEN UN PRIMER PREMIO EN EL EUROMILLON. Lo digo porque me parece más probable que lo anterior…

Y hasta aquí puedo leer, como se suele decir; pero es que esta vez de verdad no podía, ¡no podía más! ¡Qué horror!

Ya ves mi Corintia de los coj…, ¡he sobrevivido a su lectura! En todo caso, no me pidas nunca más colosales sacrificios, ¡nunca más! Te lo pido por favor, ¡por favor! Ni siquiera en Semana Santa.

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miércoles, marzo 21, 2007

9.Ya que la han emitido antes en ochenta y tantas ocasiones, ¡al menos podrían cambiarle de vez en cuando el final!


Y resulta que estamos pegados, a falta de otro pegamento a mano mucho más estimulante, frente al televisor… con el propósito de ahogar nuestras penas (que son múltiples e inextinguibles), y allí en el mural catódico de marras nada más que se les ocurre pasar por octogésima vez una extraordinaria –y digo ‘extraordinaria’ por no herir la sensibilidad del lector sin avisar antes– película que versa (aunque bien pudiera decir marea) sobre la potencial amenaza para toda la raza humana –sin excepción, no se vayan a pensar que alguien pudiera librarse– de un virus arrojado por unos desalmados (porque puestos a decir de nuevo, diremos que en el mundo hay gente mala, mala, mala, pero mala de veras) en un lugar sin parangón posible en cuanto a la estrechez de miras de sus habitantes concierne y situado por allá en los estados de la Unión (aunque puestos a decir una vez más, bien este estimulante emplazamiento hubiera podido estar ubicado en otros centenares de millones de núcleos de población igualmente notorios por la sin par estrechez de sus conciudadanos). Después de contemplar absorto miles de avatares, todos ellos los de siempre, los que ya nos sabíamos de memoria por haberlos soportado otras setenta y pico veces antes (sí, como los expertos en matemáticas avanzadas habrán podido comprobar después de unos cuantos cálculos, nos saltamos algunas de las emisiones; en nuestra defensa diremos que en esas ocasiones teníamos cosas más importantes que hacer: y ahora, los más perspicaces –sean matemáticos avanzados o no- habrán concluido con esta confesión que habitualmente no tenemos nada importante que hacer: efectivamente, ¡están en lo cierto!), llegamos al final de la película, y pesar de gozar todavía con su contemplación –y eso procesando cada unas de las imágenes y el sonido de forma simultánea y sin padecer tampoco ningún trastorno cognitivo severo (p. ej. amnesia total)– pues ya concentrábamos hacía tiempo nuestra atención en detalles nimios y en apariencia irrelevantes para el desenlace de la historia (p.ej. el uniforme del protagonista que viaja en el helicóptero está siempre demasiado planchado y nuevo como para haber sido utilizado antes, a no ser que el equipo de producción se lo hubiera dado a estrenar justo antes de rodar la secuencia), nos surgió –sin darnos cuenta entonces porqué– cierta desazón, cierto aire de frustración. Y una vez que la película terminó, transcurridas unas horas, sólo entonces empezamos a intuir los motivos. Y es que la maldita película había acabado… ¡igual que en las otras setenta y tantas ocasiones! Y ya estaba bien, el cuerpo se había revelado al fin ante tanta… monótona repetición.

Próxima entrega: A partir de ahora, ¡todas las botellas por el culo!

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sábado, enero 20, 2007

8. Un millón para el peor


Oírla es un primor. Una experiencia inolvidable comienza -cuando menos te lo imaginas- al sentir primero un tono de voz inconcebible en cualquier adulto en sus cabales y luego descubrir (para vergüenza ajena) que pertenece a una laureada escritora; tal es tu desconcierto que te dices poco antes de empezar a reventar, y en un signo que te honra difícil de clasificar (¿es cordura o, mejor, pura -y dura- supervivencia?): ¡para!, ¡déjalo correr¡, ¡no la escuches más!, ¡tápate los oídos, incauto, antes de sucumbir!, pues escucharla hilvanar más de tres palabras seguidas no puede ser bueno para tu tensión arterial. Y efectivamente, por un instante, haces caso a la voz de tu (in)con(s)ciencia, porque antepones sabiamente la salvaguarda de tu vida a cualquier otra consideración. Pero, esta madurez que has exhibido dura poco, y es que no puedes evitarlo, es superior a esas escasas fuerzas de las que dispones sólo para ir agonizando: ¡te vuelves a quedar enganchado a la diarrea mental que emana de su boca! ¡Maldita seas una y mil veces! –te dices con saña, pues no puedes evitar el arrojo de injurias contra ti mismo porque, aun sin atreverte a reconocerlo abiertamente, esa diarrea de la que abominas en verdad te atrae: sí, es demasiado nauseabunda para tener parangón posible y, pese a ello, pronto descubres extrañamente excitado que su hedor genera en ti casi de inmediato un sorprendente proceso purificador: convulsas arcadas te convidan a despojarte de los restos de la última cena y a resultas de ellas, cuando la expulsión se materializa y completa al fin, te sientes renovado de verdad por dentro, purificado en extremo. Y desde entonces, desde el preciso momento en que te diste cuenta de ese insospechado efecto catártico en tu organismo, no haces más que oír, ¡leer incluso!, a muchos otros escritores/as tan laureados o más que ella, y por supuesto tan tontorrones/as o más que la susodicha, y una vez que empezaste, es un nunca acabar: rodeado vives de sus imágenes, voces y textos en una catarsis permanente y poseído de una enorme dicha. Agradecido quedas pues para siempre a susodicha so borrica, aquella que sin tú sospecharlo antes te abrió a una nueva dimensión espiritual de la existencia, y, sí, esta catarsis tuya es un nunca acabar porque ¡hay tantos donde escoger!

Próxima entrega: ¡encabrono, luego existo!

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