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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

sábado, mayo 26, 2007

14. Se hacía llamar Padre Armando pero no cantaba canciones de Amor precisamente


Dicen (será por aquello de decir) que sólo el hombre es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, y este menda (lerenda), que no sabe ya si es humano, transhumano o directamente bosquimano, no sólo es capaz de tropezar dos veces sino veintidós, veintidós,… Así que me vi de nuevo envuelto en esas decisiones inexplicables (¡a ver si no va ser que no sólo no las tomo muy de vez en cuando sino casi siempre!) del tipo de presentarme a un encuentro entre adeptos, y feligreses varios, de un emergente líder de masas pero de índole espiritual, recién venido a nuestra comunidad de espéculos y otro instrumental médico variopinto. En una reunión así no había duda alguna de lo que cabía esperar: el ensalzamiento de susodicha figura iluminada. Con objeto de levantar acta de tan mayúsculo evento procedo a efectuar la siguiente decla{r,m}ación:

Yo mismo (¿y quién soy yo?, pues sea quién sea…) DECLARO que asistí en fecha 21 de Marzo a la sala de reuniones eucarísticas de los devotos seguidores del Padre Armando, y que nada más entrar, y puesto que el susodicho acto ya había empezado, tuve a bien escuchar de la misma boca del Padre Armando algo muy difícil de entender para un espécimen como yo, y digo más: si para mí resultaba harto imposible de asimilar sólo puede ser achacable a mi ilimitada ignorancia, o eso o fue que pude coger in flagrante delicto de demente testimonio al susodicho predicador. Y para que juzguen ustedes mismos, reproduzco aquí palabra por palabra –pues asistí al acto grabadora en mano a sabiendas de lo que me iba a encontrar– el controvertido discurso del maestro sin parangón de hormigones y hormigoneras, Armando Padre:

“…Yo, Armando, no he entendido ni una sola palabra de lo que has dicho, oh Armando mismo, y no es ni un recurso sarcástico ni una muestra de que yo pueda ser tonto, o lerdo, o tardo a la hora de entender cualquier cosa, sencillamente demuestra que yo soy así, Armando para más señas, y puestos a precisar precisemos: me estoy refiriendo a así de muro frontal de cemento arma(n)do. Yo, Armando, como siempre tan receptivo a todo aquello que yo mismo considere por verbigracia de yo mismo una vez más (y las que sean menester), te pido sencillamente, y porque no podría ser de otra manera viniendo de alguien como yo, una persona harto sencilla: ¿podrías ser más explícito?”

Y entonces el gran maestro se sumó de nuevo a su propio discurso, en calidad ahora de Armando Hijo:

“Vaya, Armando Padre dice que no se entiende nada de lo has dicho. Y yo, Armando Hijo, creo, porque yo creo en Armando Todopoderoso y su único Hijo –este soy yo, Armando– que, a estas alturas de curso, con todo el tiempo que llevamos en esta sala casi doscientas personas intercomunicándonos, quizá es llegado el momento en que haya confianza y sinceridad de llamar a las cosas por su nombre, de decir todo claro, y de si, el rey va en cueros, ha-de-vertírselo sin mayores complicaciones. Una muestra oficial, certificada, contrastada y con un resultado preciso y concreto de que Armando Padre está aquí y es el primero que dice las cosas por su nombre es justamente que el mismo Armando Padre os lo está confirmando ahora mismo.”

Entonces paró por un momento y poco después continuó así:

“Y ya puestos a decir, Armando Padre dice: casi todos nosotros actuamos de la mejor y de la peor manera en determinados momentos de nuestro devenir. (Por mi parte, yo casi siempre actúo de la peor manera pero eso ahora no tiene importancia.) Vosotros, estimados discípulos, podréis acudir a un excelente especialista médico, que os curará por las más variadas razones (por las razones de la razón sin ir más lejos), pero para saber si tu sangre tiene o no una determinada sustancia, o si la tiene en una u otra cantidad, no te lo estimará a boleo ni a partir de toquetearte o mirarte (bueno, eso si el facultativo no tiene la libido demasiado subida), sino que te enviará a que te hagan un análisis, pero Armando os dice: esto no es suficiente para sentirse a gusto con el mundo, con los demás, y con Armando mismo, es algo que depende de nosotros, no de los demás sean doctores de la medicina o no. Creo que esto es sencillo de entender bajo el punto de vista de Armando, porque es, en definitiva, una actitud personal, que convenientemente encauzada da sus frutos. La actitud inteligente, esto es, la de un Armando como yo, es aquella en que miramos lo que nos rodea (básicamente a Armando) y a quienes nos rodean (continuamos observando sólo a Armando), y logramos sentirnos con los medios y personas a nuestro alcance (esto es, Armando, cómo no) lo más felices posible, dentro de lo razonable según dice Armando. Por ello, creo que lo mejor es ser claro, d-recto, conciso y rápido, vamos como Armando mismo. El mecanismo más preciso con que se cuenta actualmente para calcular esta felicidad según Armando, y con su versión más moderna, es el test AAIS-III, esto es el test en pos de un Armando Alto Inteligente y Sereno. Podría haceros una reseña sobre el eminente ser que lo desarrolló, esto es, yo mismo, Armando, pero no lo haré. Debo, sin embargo, añadir que es muy importante que, si os decidís por realizar mi test, elijáis un día a ser posible soleado y en que podías acudir a realizar la prueba con las menores preocupaciones posibles (prohibido entonces hablar de Armando), habiendo dormido bien y sin haber consumido ninguna sustancia que pueda actuar sobre el Sistema Nervioso Central, el vuestro y, dicho sea de paso, el de Armando, porque os debo decir, por si todavía no lo sabéis, que Armando, y aunque no pudiera parecer a simple vista, está conectado a todos los seres. Por ello considera, y muy justamente, que a resultas de esta indeleble conexión todos los seres pasan a ser seres de Armando. Por lo demás, seáis bienvenidos, pasaos y poneos cómodos. Sin ir más lejos os podréis sacar el calzado siempre y cuando os hayáis lavado los pies de antemano. Aparte también está el tema de la higiene mental, en el sentido de estar alerta de las ideas que más puedan perjudicar a quien padece una patología cualesquiera, y también es clave evitar situaciones desencadenantes o agravantes; para lo primero existen técnicas y, cómo no, la ayuda profesional, la de Armando sin ir más lejos; para lo segundo, empero, juega el factor suerte, es decir: no siempre podemos evitar encontrarnos en situaciones o momentos emocionalmente críticos, aunque, dicho de soslayo, qué tendrá que ver la suerte con encontrarnos en este tipo de situaciones o no. “

Parece que no tuvo suficiente con todo lo anterior dicho que prosiguió su plática con lo que sigue:

“Ya sé que yo mismo me contradigo, primero diciendo una cosa y luego cuestionándola pero es que este es mi discurso, incoherente y múltiple, el discurso del Armando Padre y el del Armando Hijo en un único cuerpo; y es que no estoy dispuesto a simplificarlo para acrecentar el reconocimiento de los demás, acción sobre la cual os prevengo severamente: la tendencia a buscar el reconocimiento en los demás constituye un error, quien ha de reconocernos, antes que nadie, somos nosotros mismos, y es así que, sin duda, proyectaremos la mayor parte del tiempo la impresión de armonía, seguridad, y, la sensación de estar tranquilos y felices dentro de lo que cabe, de lo cabe en un Armando o dos (como es este último mi caso). La autoestima y la seguridad en nosotros Armandos mismos, radica en al amor que nos tenemos como Armandos que somos, que no nace de la noche a la mañana (bueno en mi caso así fue aunque el mío sea de veras muy singular, pues sino Armano no sería), Armando bién lo sabe, y que hay que cultivar y mantener cada momento de nuestras vidas. Y para ello existen los mecanismos -e incluso técnicas- más variados. El amor por un Armando mismo no tiene nada que ver con el tipo de comportamiento que se caracteriza por la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno, sea Armando u otro cualesquiera. Ése no es amor a uno mismo sino más bien una forma de tratar de conseguir la atención, por muy Armando que sea, y el aprecio de los demás. Es una actitud tan neurótica como la del individuo que está sobrecargado de desprecio a sí mismo. El comportamiento arrogante y jactancioso está motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás. Quiere decir que el individuo se valora a sí mismo en función a lo que los demás vean en él. De no ser así, no sentiría la necesidad de convencerlos. El amor a uno mismo quiere decir que te amas a ti mismo, y esto último nadie lo hubiera nunca dicho a no ser porque Armando lo acaba de decir; no exiges el amor de los demás. Es suficiente contar con la propia aceptación interna. No tiene nada que ver con los puntos de vista de los demás.”

Y por último se sumó de nuevo Armando Hijo para apostillar a modo de colofón:

“Sí señor, Armando Padre, un tratado breve pero claro, sucinto pero preciso, en el que el Armando Padre coloca muchas cosas en su sitio, o al menos lo intenta con gran lucidez.”



Próxima entrega: ¡Me huelen los pies a pesar de no lavármelos nunca!

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jueves, octubre 26, 2006

2. Por qué me hice pintor

¿Se han parado a pensar alguna vez la enorme responsabilidad (cultural) que recae en manos de unos especimenes tan sacrificados como los/as bibliotecarios/as? Si no lo han hecho, no me extraña. Tampoco me extraña que al leer esta (-me temo que consideren- estúpida) pregunta, automáticamente me repliquen esputándome con cierta acritud: ¿es que no hay cosas más importantes sobre las que pensar en este mundo rebosante de penalidades y sufrimientos? ¡Qué inocentes son! ¡Y qué desinformados están! Se nota que no han pensado de verdad sobre tan abnegada profesión. Estos mártires intemporales que un día, inconscientes de sus futuras penalidades, decidieron entregar los mejores años de su vida para salvaguardar apasionadamente la cultura de manos ignorantes, estos custodios culturales entregados a una empresa clave para los inciertos años venideros... ¡permanecen ignorados!, porque esta su tarea resulta (y resultará) del todo invisible al más común de los mortales -esos mismos ignorantes de los que pretenden poner a buen recaudo la más exquisita de las culturas-; y es esta la ignorancia de los ignorantes la que les empuja hacia el más hondo de los sufrimientos posibles: aquel que, en completo anonimato, se padece mudo aun a sabiendas de que la importancia de la misión emprendida pasará siempre desapercibida.

¡Quién osaría ponerse en el lugar de estos héroes ignorados ni que fuera por unos breves momentos! No prueben de hacerlo, ¡no lo resistirían! Día tras día sentados en incómodas sillas soportando estoicamente un cúmulo continuado de desagravios, tales como: documentos entregados por los usuarios uno tras otro y... ¡fuera de plazo! (mejor dejar aparte la entrada de novedades, ¡se les podrían los pelos de punta si supieran la pesada carga que supone dar de alta una nueva entrada!); usuarios que, a ráfagas intermitentes, tienen la osadía de demandarles... ¡un préstamo!; y, por si fuera poco lo anterior (y a modo de remate), viejos con halitosis que se acercan más de la cuenta para pedirles el ¡maldito periódico del día!, y no cualesquiera de esas joyas custodiadas con entrega. ¿Y qué joyas son esas? -me dirán. Esa es otra. ¡No existen tales joyas! Custodian en verdad meros recipientes, envoltorios de diseño, contenedores de escasos documentos, documentos podridos, viejos y sucios recuperados de algún oscuro almacén con el único objeto de rellenar esas estilizadas paredes que les sepultan en vida. ¿Se imaginan el abismo al que muchos se abocan cuando reconocen, toman conciencia de semejante descubrimiento? ¡Qué perverso engaño el de sus superiores! ¡Ay Dios mío, si estás leyendo estas inquietantes líneas, perdónales... porque no saben lo que hacen! Así, unidos a un trágico sino -el de malbaratar su existencia en la recreación de un simulacro cultural- moran de por vida entre paredes que se corrompen al compás de su propio marchitar. Después de todos estos avatares, ¿cómo esperan que les atiendan con una sonrisa en la boca? Es lógico y humano no esperarlo, pues una pequeña parte de esa enorme amargura que les corroe transciende al exterior. ¡Qué no son de piedra!

Desde aquí (aquí mismo) y aprovechando esta oportunidad que yo (yo mismo) me he dado, debo confesarles que fui testigo mudo -mudo, pues es sabido el silencio sepulcral que hay que mantener en toda biblioteca que se precie- de ese lento pero inexorable marchitar y... ¡me afectó y no saben cuánto! Por ese motivo, incapaz de poder soportar más la contemplación de semejante tragedia (porque si esto no les parece una tragedia ya me dirán), renuncié a volver a toda biblioteca. Sí, les parecerá un acto cobarde, estoy de acuerdo, pero debía anteponer mi supervivencia a cualquier otra consideración: yo, en mi extremada sensibilidad, ¡no pude resistirlo más! ¡Tuve que distanciarme! Bueno por eso y porque me peleé con una bibliotecaria jefe. Sí, lo sé, cometí un acto imperdonable, pero no se crean que no estoy pagando por ello las consecuencias, no. Y pese que un acto así no tiene perdón de Dios, desde aquí, desde estas páginas, ¡señorita bibliotecaria jefe! (sí, señorita porque desafortunadamente se mantiene doncella) si me está leyendo, ¡le pido a pesar de todo mil perdones! ¡Dispénseme si su religión se lo permite! Desde estas líneas me tiro de las letras, quiero decir, de los pelos, sí, no lo dude. ¿Cómo me pude dejar llevar por mi arraigado acné y discutirle los motivos que les habían llevado a una huelga encubierta porque demandaban personal especializado en poner guías de lectura en los documentos prestados e incomprensiblemente no se lo daban? Ahora, después de los años y tras alcanzar cierta madurez, reconozco mi error, y más aún reconozco mi culpa, mi grandísima culpa, que desde entonces llevo arrastrando por el desagravio contra usted injustamente cometido.

Un día, años después y cuando pensaba por fin verme liberado de semejante carga, me enteré de la llegada de una joya cultural a uno de esos mausoleos, digo, altares del conocimiento. Todo este aciago asunto refloreció en mi interior a la vez que se contraponía incomprensiblemente... ¡una enorme excitación! ¡No podía ser, al fin! -me decía. Reprimí las enormes ganas que me invadieron de ir hacia allí y arrodillarme en señal de veneración. Aguanté sólo unos días más, y haciendo de tripas corazón, me dije donde dije digo digo Diego (o algo parecido y con seguridad mucho menos florido) y osé... ¡pisar de nuevo la biblioteca donde reposaba semejante tesoro! Y entré, sí, y a pesar de la culpa que me carcomía, pude reunir el coraje para aventurarme de nuevo por las intrincadas estructuras bibliotecarias, y en poco tiempo pude toparme con él. Me extrañó enormemente que susodicha alhaja -un video sobre el proceso creativo de un reputado pintor contemporáneo- no hubiera sido todavía arrancada de ese templo de las artes donde lo habían ubicado -una vulgar estantería amarillenta de Novopan, para ser más precisos. Y con un ímpetu y valor que desconocía poseer, me atreví a pedirlo prestado, y unos minutos después ya estaba frente al televisor, deseoso de su visionado. Y entonces mi sorpresa fue mayúscula, porqué allí en su interior no supe encontrar joya alguna: solamente hallé un errático hombre que alternaba frases extraídas de algunos tratados orientales leídos de cualquier manera y que unidas de forma inconexa pretendían justificar su obra, con unas acciones (pictóricas) erráticas sobre un descomunal bloque de madera -15m2 fragmentados en tres trozos- al que pretendía primero cubrir de una capa de mármol espolvoreado y luego, una vez solidificado este, pintar una enorme L negra (después de mirar un pequeño esbozo realizado de la obra) que se resistía a toda costa de ser pintada pues era de inmediato absorbida por la superficie marmórea. Y entonces me vino a la cabeza la idea de que ese hombre no estaba en sus cabales, no, no lo estaba, pero no vayan ustedes a pensar que lo deduje por el resultado de la obra en cuestión o por su mirada -siempre algo desviada y perdida en una lejanía imprecisa-, más bien lo intuí cuando observé pasmado como depositaba el magma del mármol en polvo en presencia de uno de sus hijos en edad de crecer: ¡el muy infanticida estaba exponiendo a sangre de su propia sangre a la emanación del polvo letal que invadió todo su estudio debido a sus inoperantes manipulaciones! Y en ese mismo instante (sí, mismo nuevamente) una idea, que no me atrevo a etiquetar, brotó de mí: yo también podría hacer lo mismo aunque no tuviera descendencia alguna; bueno lo mismo exactamente no, era materialmente imposible manejarse de una manera tan incompetente. Y desde aquel día lo llevo intentando con denodado afán hasta hoy (hoy mismo). Espero que sepan perdonarme por ello.

Tercera entrega: Tiempo de espera (exactamente 23 minutos, 15 segundos y 34 décimas de segundo)

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