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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

miércoles, marzo 21, 2007

9.Ya que la han emitido antes en ochenta y tantas ocasiones, ¡al menos podrían cambiarle de vez en cuando el final!


Y resulta que estamos pegados, a falta de otro pegamento a mano mucho más estimulante, frente al televisor… con el propósito de ahogar nuestras penas (que son múltiples e inextinguibles), y allí en el mural catódico de marras nada más que se les ocurre pasar por octogésima vez una extraordinaria –y digo ‘extraordinaria’ por no herir la sensibilidad del lector sin avisar antes– película que versa (aunque bien pudiera decir marea) sobre la potencial amenaza para toda la raza humana –sin excepción, no se vayan a pensar que alguien pudiera librarse– de un virus arrojado por unos desalmados (porque puestos a decir de nuevo, diremos que en el mundo hay gente mala, mala, mala, pero mala de veras) en un lugar sin parangón posible en cuanto a la estrechez de miras de sus habitantes concierne y situado por allá en los estados de la Unión (aunque puestos a decir una vez más, bien este estimulante emplazamiento hubiera podido estar ubicado en otros centenares de millones de núcleos de población igualmente notorios por la sin par estrechez de sus conciudadanos). Después de contemplar absorto miles de avatares, todos ellos los de siempre, los que ya nos sabíamos de memoria por haberlos soportado otras setenta y pico veces antes (sí, como los expertos en matemáticas avanzadas habrán podido comprobar después de unos cuantos cálculos, nos saltamos algunas de las emisiones; en nuestra defensa diremos que en esas ocasiones teníamos cosas más importantes que hacer: y ahora, los más perspicaces –sean matemáticos avanzados o no- habrán concluido con esta confesión que habitualmente no tenemos nada importante que hacer: efectivamente, ¡están en lo cierto!), llegamos al final de la película, y pesar de gozar todavía con su contemplación –y eso procesando cada unas de las imágenes y el sonido de forma simultánea y sin padecer tampoco ningún trastorno cognitivo severo (p. ej. amnesia total)– pues ya concentrábamos hacía tiempo nuestra atención en detalles nimios y en apariencia irrelevantes para el desenlace de la historia (p.ej. el uniforme del protagonista que viaja en el helicóptero está siempre demasiado planchado y nuevo como para haber sido utilizado antes, a no ser que el equipo de producción se lo hubiera dado a estrenar justo antes de rodar la secuencia), nos surgió –sin darnos cuenta entonces porqué– cierta desazón, cierto aire de frustración. Y una vez que la película terminó, transcurridas unas horas, sólo entonces empezamos a intuir los motivos. Y es que la maldita película había acabado… ¡igual que en las otras setenta y tantas ocasiones! Y ya estaba bien, el cuerpo se había revelado al fin ante tanta… monótona repetición.

Próxima entrega: A partir de ahora, ¡todas las botellas por el culo!

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viernes, enero 12, 2007

7. Uno de los suyos


Quiero ser uno de los suyos (¿y quién no?): inoperante, incompetente, pero bien situado, luciendo el oro que no reluce, gozando del merecido prestigio de todo ser dócil y sumiso. Quiero vivir a cuerpo de rey siendo un completo inútil, vanagloriarme en público de mi ignorancia supina saliendo en los medios de comunicación y, sin parar de decir tonterías sobre cada nueva obra mía -más pedorra que la anterior- en entrevistas perpetradas por otros tan idiotas como yo (o más), sacar más pecho que nadie y que me aplaudan por ello. Sí, señoras y señores, quiero ser uno de los suyos para vivir del cuento, estar en nómina toda la vida y reírme en la cara de todos esos perdedores que maldicen mi asfixiante palu(r)dismo.

¡Por favor si hay algún lector de estas líneas que me ayude! ¡Que tenga piedad de mí y me dé un buen trompazo a ver si así me atonto sin remedio y, por fin, me admiten en su club! Por mi cuenta y riesgo ya lo he intentado infinidad de veces, sin éxito por el momento. ¡A ver si con su desinteresada cooperación lo consigo de una vez por todas!

Próxima entrega: Un millón para el peor.

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martes, enero 02, 2007

6. Teatro para sordos


No hace demasiado fui a parar a la consulta de un reputado especialista por un presunto problema, detectado por casualidad en un análisis rutinario, que podía llegar a afectar a un órgano vital de mi ya maltrecho organismo (y no, no era, puestos a puntualizar, el cerebro precisamente el órgano en cuestión). En los primeros minutos de la visita éste desechó cualquier relevancia de la anomalía descubierta pero, en cambio –quizás debido a mi inusual aspecto (por otro lado habitual en mí), el de un muerto en vida, amén de un laconismo en la conversación que combinado con mi hablar siempre errático me hacía a sus ojos no sólo un divagador nato sino más bien un sujeto digno de estudio y probablemente también de ser compadecido– procedió a interrogarme sobre mi modo de vida para concluir unos minutos después que mi problema, si es que en realidad tenía alguno (yo no quise contradecirle en este supuesto pues a mi juicio sí que tenía, sí, y no sólo uno), podía resolverse de manera fácil: más que cualquier medicamento precisaba de… ¡un poco de vida social! ¡Válgame Dios! –proferí de inmediato en mis fueros internos, sin que por ello de tradujera en ningún signo exterior alguno. Y aun pensando que resultaba peor el remedio que la enfermedad me puse raudo –obediente como soy con todos aquellos que, de forma educada y serena, me conminan a seguir una dirección– manos a la obra: adquirí al día siguiente, y a través de unos de mis contactos, una invitación a la obra de teatro más aclamada de las que en ese momento estaban en cartelera; y digo bien invitación que no entrada, porque una cosa es verse impelido a socializarse por prescripción facultativa y otra muy diferente es tener encima que pagar por ello.

Lo primero que me irritó nada más entrar al teatro fue la disposición de las butacas: justo cercando el espacio escénico. ¡Abrase visto la osadía de la compañía! No les basta con tener público en eso que eufemísticamente llaman representaciones, ¡encima nos quieren tener a tiro por si acaso nos revelamos! (Pues no será por ganas, me decía, ya inquieto en vistas de lo que me venía encima.) Y para más inri, el asiento numerado que figuraba en la invitación proporcionada por mi -llamémosle así por evitar los insultos- buen camarada estaba en la primera fila (¡que se vaya preparando el muy canalla, cuando le pille va a quedar de cuerpo ausente!) La sorpresa, tanto por la disposición como por mi ubicación en ella, me pilló desprevenido. Dubitativo me hallaba, sopesando entre irme o no, cuando el espectáculo dio comienzo. Me maldije entonces una y mil veces por no haber reaccionado a tiempo -pues encima había llegado sólo unos minutos antes del inicio como suelo hacer para no tener que soportar las conversaciones majaderas que los ignorantes a mi alrededor suelen arrojarse los unos contra los otros- y huir veloz de allí como era menester. Pues bien, el espectáculo comenzó y francamente menudo espectáculo fue: una pesadilla, para ser más exactos. Había tenido el disgusto de prevenirme leyendo unas críticas de la susodicha representación, pero nada más lejos de lo que allí puede ver, oír, y sobre todo recibir con mis sensibles, y fácilmente irritables, órganos sensoriales. Unos atroces berridos nada más empezar me sobresaltaron sobremanera, ¡que no son formas de declamar por muy drama que la obra fuera a no ser que para incapacitados (auditivos) dirigida estuviera! Pero no, la obra era para público corriente, esto es, en plena posesión de sus sentidos. Y para no decaer la tensión escénica, a los berridos siguieron una gama de inhumanos bufidos: aullidos, gritos, bramidos, graznidos; no había un matiz por sutil que este fuera del palo de la escala de alaridos que no fuera ejecutado con saña contra el compungido -y con seguridad noqueado- auditorio por el elenco de intérpretes. Y no tenían suficiente con ello que, con el fragor de la bestial interpretación, tales alaridos se acompañaron de esputos, que con frecuencia alcanzaban a la primera línea, y de entre aquellos, yo, el más afortunado podría decir, me vi recompensando más que ningún otro –y en justa correspondencia a lo que me había llevado allí aquella noche: la desesperada búsqueda del cálido contacto humano- por una salva casi ininterrumpida de húmedos y pegajosos escupitajos que la actriz principal, con total premeditación al ver mi contrita cara, mezcla de espanto y náusea, tuvo a bien dispensarme a lo largo y ancho de las tres interminables horas de puesta en cercena (que no escena).

Séptima entrega: Uno de los suyos

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martes, diciembre 19, 2006

5. Un poquito de [seriedad,] ¡por favor!



Después de una tensa jornada y prolongada jornada de trabajo es frecuente llegar a altas horas de la madrugada con la mente todavía muy excitada e incapaz de desconectar o, cuanto menos, de apaciguar, de liberarse por unas horas de la vorágine que nos envuelve y asfixia a diario. Es en esos momentos cuando uno hace uso extensivo de nuestras siempre amigas benzodiacepinas, o cualquier otra droga capaz de retrotraernos a nuestro estado original, el letargo inconsciente en el interior del útero materno. Estacionados allí, en un sueño hueco de sensaciones, somos sólo entonces plenamente felices. Sin embargo, de un tiempo a aquí, utilizo un remedio alternativo, aunque no exento de ciertos efectos secundarios, que un día descubrí por casualidad.

Estaba una madrugada tan insomne que ni siquiera un cóctel especial (de narcóticos marca de la casa que tenía para los casos desesperados) logró arrojarme en brazos de esa extravagante deidad onírica tan, por todos, socorrida. Desesperado encendí el televisor y justo por azar (o quizás no tanto) empezaba a la sazón la repetición de un programa sobre libros. La conductora, un poco atropellada y dubitativa, introdujo tras una breve introducción a dos colaboradores, y estos, con el beneplácito y jaleo de la susodicha, encadenaron una serie de inquisiciones y reflexiones culturales aderezados de forma intermitente con entrecortadas risas del tipo nervioso. Debo confesar que al principio la contemplación allí de esos tres avezados críticos (de sólo cuerpo presente) me supuso una experiencia casi religiosa, aunque demasiado chocante y peligrosa dado mi estado intrínseco de permanente excitación.

Paradójicamente (o quizás no tanto) al poco tiempo de exposición noté, mientras ellos no cesaban en mantener tal conducta sino incluso acentuarla con un intercambio todavía mayor de mensajes paralizantes y risitas algo dislocadas, como mis músculos (todos sin excepción) comenzaban a relajarse de forma gradual. A los pocos minutos mi mente desconectó (¡al fin!) de semejante sarta de… apreciables comentarios, cayendo desplomado en el mismo sofá donde estaba. Dormí de un tirón, sí, como un bendito lactante, y al despertar de buena mañana lo hice con aquella sensación de paz y plenitud que únicamente un profundo y reconstituyente sueño es capaz de conseguir. Sí, señoras y señores, aquel bendito (sí, bendito una y mil veces) programa de libros fue mi salvación haciendo por mí lo que ningún laboratorio farmacéutico había logrado tras arduas investigaciones en pos de la síntesis de poderosos narcóticos. Y desde entonces no he parado de hacer uso extensivo de semejante (y eficaz) herramienta, caída a mi parecer del mismo cielo. Y desde estas líneas me permito recomendársela a todos ustedes en el conocimiento de que no falla. No falla. Crean por un momento en mí, aunque no me conozcan ni tampoco quieran nunca hacerlo más que nada por lo que aquí relato.

Sexta entrega: Teatro para sordos

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