14. Se hacía llamar Padre Armando pero no cantaba canciones de Amor precisamente

Yo mismo (¿y quién soy yo?, pues sea quién sea…) DECLARO que asistí en fecha 21 de Marzo a la sala de reuniones eucarísticas de los devotos seguidores del Padre Armando, y que nada más entrar, y puesto que el susodicho acto ya había empezado, tuve a bien escuchar de la misma boca del Padre Armando algo muy difícil de entender para un espécimen como yo, y digo más: si para mí resultaba harto imposible de asimilar sólo puede ser achacable a mi ilimitada ignorancia, o eso o fue que pude coger in flagrante delicto de demente testimonio al susodicho predicador. Y para que juzguen ustedes mismos, reproduzco aquí palabra por palabra –pues asistí al acto grabadora en mano a sabiendas de lo que me iba a encontrar– el controvertido discurso del maestro sin parangón de hormigones y hormigoneras, Armando Padre:
“…Yo, Armando, no he entendido ni una sola palabra de lo que has dicho, oh Armando mismo, y no es ni un recurso sarcástico ni una muestra de que yo pueda ser tonto, o lerdo, o tardo a la hora de entender cualquier cosa, sencillamente demuestra que yo soy así, Armando para más señas, y puestos a precisar precisemos: me estoy refiriendo a así de muro frontal de cemento arma(n)do. Yo, Armando, como siempre tan receptivo a todo aquello que yo mismo considere por verbigracia de yo mismo una vez más (y las que sean menester), te pido sencillamente, y porque no podría ser de otra manera viniendo de alguien como yo, una persona harto sencilla: ¿podrías ser más explícito?”
Y entonces el gran maestro se sumó de nuevo a su propio discurso, en calidad ahora de Armando Hijo:
“Vaya, Armando Padre dice que no se entiende nada de lo has dicho. Y yo, Armando Hijo, creo, porque yo creo en Armando Todopoderoso y su único Hijo –este soy yo, Armando– que, a estas alturas de curso, con todo el tiempo que llevamos en esta sala casi doscientas personas intercomunicándonos, quizá es llegado el momento en que haya confianza y sinceridad de llamar a las cosas por su nombre, de decir todo claro, y de si, el rey va en cueros, ha-de-vertírselo sin mayores complicaciones. Una muestra oficial, certificada, contrastada y con un resultado preciso y concreto de que Armando Padre está aquí y es el primero que dice las cosas por su nombre es justamente que el mismo Armando Padre os lo está confirmando ahora mismo.”
Entonces paró por un momento y poco después continuó así:
“Y ya puestos a decir, Armando Padre dice: casi todos nosotros actuamos de la mejor y de la peor manera en determinados momentos de nuestro devenir. (Por mi parte, yo casi siempre actúo de la peor manera pero eso ahora no tiene importancia.) Vosotros, estimados discípulos, podréis acudir a un excelente especialista médico, que os curará por las más variadas razones (por las razones de la razón sin ir más lejos), pero para saber si tu sangre tiene o no una determinada sustancia, o si la tiene en una u otra cantidad, no te lo estimará a boleo ni a partir de toquetearte o mirarte (bueno, eso si el facultativo no tiene la libido demasiado subida), sino que te enviará a que te hagan un análisis, pero Armando os dice: esto no es suficiente para sentirse a gusto con el mundo, con los demás, y con Armando mismo, es algo que depende de nosotros, no de los demás sean doctores de la medicina o no. Creo que esto es sencillo de entender bajo el punto de vista de Armando, porque es, en definitiva, una actitud personal, que convenientemente encauzada da sus frutos. La actitud inteligente, esto es, la de un Armando como yo, es aquella en que miramos lo que nos rodea (básicamente a Armando) y a quienes nos rodean (continuamos observando sólo a Armando), y logramos sentirnos con los medios y personas a nuestro alcance (esto es, Armando, cómo no) lo más felices posible, dentro de lo razonable según dice Armando. Por ello, creo que lo mejor es ser claro, d-recto, conciso y rápido, vamos como Armando mismo. El mecanismo más preciso con que se cuenta actualmente para calcular esta felicidad según Armando, y con su versión más moderna, es el test AAIS-III, esto es el test en pos de un Armando Alto Inteligente y Sereno. Podría haceros una reseña sobre el eminente ser que lo desarrolló, esto es, yo mismo, Armando, pero no lo haré. Debo, sin embargo, añadir que es muy importante que, si os decidís por realizar mi test, elijáis un día a ser posible soleado y en que podías acudir a realizar la prueba con las menores preocupaciones posibles (prohibido entonces hablar de Armando), habiendo dormido bien y sin haber consumido ninguna sustancia que pueda actuar sobre el Sistema Nervioso Central, el vuestro y, dicho sea de paso, el de Armando, porque os debo decir, por si todavía no lo sabéis, que Armando, y aunque no pudiera parecer a simple vista, está conectado a todos los seres. Por ello considera, y muy justamente, que a resultas de esta indeleble conexión todos los seres pasan a ser seres de Armando. Por lo demás, seáis bienvenidos, pasaos y poneos cómodos. Sin ir más lejos os podréis sacar el calzado siempre y cuando os hayáis lavado los pies de antemano. Aparte también está el tema de la higiene mental, en el sentido de estar alerta de las ideas que más puedan perjudicar a quien padece una patología cualesquiera, y también es clave evitar situaciones desencadenantes o agravantes; para lo primero existen técnicas y, cómo no, la ayuda profesional, la de Armando sin ir más lejos; para lo segundo, empero, juega el factor suerte, es decir: no siempre podemos evitar encontrarnos en situaciones o momentos emocionalmente críticos, aunque, dicho de soslayo, qué tendrá que ver la suerte con encontrarnos en este tipo de situaciones o no. “
Parece que no tuvo suficiente con todo lo anterior dicho que prosiguió su plática con lo que sigue:
“Ya sé que yo mismo me contradigo, primero diciendo una cosa y luego cuestionándola pero es que este es mi discurso, incoherente y múltiple, el discurso del Armando Padre y el del Armando Hijo en un único cuerpo; y es que no estoy dispuesto a simplificarlo para acrecentar el reconocimiento de los demás, acción sobre la cual os prevengo severamente: la tendencia a buscar el reconocimiento en los demás constituye un error, quien ha de reconocernos, antes que nadie, somos nosotros mismos, y es así que, sin duda, proyectaremos la mayor parte del tiempo la impresión de armonía, seguridad, y, la sensación de estar tranquilos y felices dentro de lo que cabe, de lo cabe en un Armando o dos (como es este último mi caso). La autoestima y la seguridad en nosotros Armandos mismos, radica en al amor que nos tenemos como Armandos que somos, que no nace de la noche a la mañana (bueno en mi caso así fue aunque el mío sea de veras muy singular, pues sino Armano no sería), Armando bién lo sabe, y que hay que cultivar y mantener cada momento de nuestras vidas. Y para ello existen los mecanismos -e incluso técnicas- más variados. El amor por un Armando mismo no tiene nada que ver con el tipo de comportamiento que se caracteriza por la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno, sea Armando u otro cualesquiera. Ése no es amor a uno mismo sino más bien una forma de tratar de conseguir la atención, por muy Armando que sea, y el aprecio de los demás. Es una actitud tan neurótica como la del individuo que está sobrecargado de desprecio a sí mismo. El comportamiento arrogante y jactancioso está motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás. Quiere decir que el individuo se valora a sí mismo en función a lo que los demás vean en él. De no ser así, no sentiría la necesidad de convencerlos. El amor a uno mismo quiere decir que te amas a ti mismo, y esto último nadie lo hubiera nunca dicho a no ser porque Armando lo acaba de decir; no exiges el amor de los demás. Es suficiente contar con la propia aceptación interna. No tiene nada que ver con los puntos de vista de los demás.”
Y por último se sumó de nuevo Armando Hijo para apostillar a modo de colofón:
“Sí señor, Armando Padre, un tratado breve pero claro, sucinto pero preciso, en el que el Armando Padre coloca muchas cosas en su sitio, o al menos lo intenta con gran lucidez.”
Etiquetas: Misterios inescrutables, Padre padrone
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