
Y resulta que estamos pegados, a falta de otro pegamento a mano mucho más estimulante, frente al televisor… con el propósito de ahogar nuestras penas (que son múltiples e inextinguibles), y allí en el mural catódico de marras nada más que se les ocurre pasar por octogésima vez una extraordinaria –y digo ‘extraordinaria’ por no herir la sensibilidad del lector sin avisar antes– película que versa (aunque bien pudiera decir marea) sobre la potencial amenaza para toda la raza humana –sin excepción, no se vayan a pensar que alguien pudiera librarse– de un virus arrojado por unos desalmados (porque puestos a decir de nuevo, diremos que en el mundo hay gente mala, mala, mala, pero mala de veras) en un lugar sin parangón posible en cuanto a la estrechez de miras de sus habitantes concierne y situado por allá en los estados de la Unión (aunque puestos a decir una vez más, bien este estimulante emplazamiento hubiera podido estar ubicado en otros centenares de millones de núcleos de población igualmente notorios por la sin par estrechez de sus conciudadanos). Después de contemplar absorto miles de avatares, todos ellos los de siempre, los que ya nos sabíamos de memoria por haberlos soportado otras setenta y pico veces antes (sí, como los expertos en matemáticas avanzadas habrán podido comprobar después de unos cuantos cálculos, nos saltamos algunas de las emisiones; en nuestra defensa diremos que en esas ocasiones teníamos cosas más importantes que hacer: y ahora, los más perspicaces –sean matemáticos avanzados o no- habrán concluido con esta confesión que habitualmente no tenemos nada importante que hacer: efectivamente, ¡están en lo cierto!), llegamos al final de la película, y pesar de gozar todavía con su contemplación –y eso procesando cada unas de las imágenes y el sonido de forma simultánea y sin padecer tampoco ningún trastorno cognitivo severo (p. ej. amnesia total)– pues ya concentrábamos hacía tiempo nuestra atención en detalles nimios y en apariencia irrelevantes para el desenlace de la historia (p.ej. el uniforme del protagonista que viaja en el helicóptero está siempre demasiado planchado y nuevo como para haber sido utilizado antes, a no ser que el equipo de producción se lo hubiera dado a estrenar justo antes de rodar la secuencia), nos surgió –sin darnos cuenta entonces porqué– cierta desazón, cierto aire de frustración. Y una vez que la película terminó, transcurridas unas horas, sólo entonces empezamos a intuir los motivos. Y es que la maldita película había acabado… ¡igual que en las otras setenta y tantas ocasiones! Y ya estaba bien, el cuerpo se había revelado al fin ante tanta… monótona repetición.
Próxima entrega: A partir de ahora, ¡todas las botellas por el culo!
Etiquetas: Actos de contrición, Visceras inflamadas
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