6. Teatro para sordos

Lo primero que me irritó nada más entrar al teatro fue la disposición de las butacas: justo cercando el espacio escénico. ¡Abrase visto la osadía de la compañía! No les basta con tener público en eso que eufemísticamente llaman representaciones, ¡encima nos quieren tener a tiro por si acaso nos revelamos! (Pues no será por ganas, me decía, ya inquieto en vistas de lo que me venía encima.) Y para más inri, el asiento numerado que figuraba en la invitación proporcionada por mi -llamémosle así por evitar los insultos- buen camarada estaba en la primera fila (¡que se vaya preparando el muy canalla, cuando le pille va a quedar de cuerpo ausente!) La sorpresa, tanto por la disposición como por mi ubicación en ella, me pilló desprevenido. Dubitativo me hallaba, sopesando entre irme o no, cuando el espectáculo dio comienzo. Me maldije entonces una y mil veces por no haber reaccionado a tiempo -pues encima había llegado sólo unos minutos antes del inicio como suelo hacer para no tener que soportar las conversaciones majaderas que los ignorantes a mi alrededor suelen arrojarse los unos contra los otros- y huir veloz de allí como era menester. Pues bien, el espectáculo comenzó y francamente menudo espectáculo fue: una pesadilla, para ser más exactos. Había tenido el disgusto de prevenirme leyendo unas críticas de la susodicha representación, pero nada más lejos de lo que allí puede ver, oír, y sobre todo recibir con mis sensibles, y fácilmente irritables, órganos sensoriales. Unos atroces berridos nada más empezar me sobresaltaron sobremanera, ¡que no son formas de declamar por muy drama que la obra fuera a no ser que para incapacitados (auditivos) dirigida estuviera! Pero no, la obra era para público corriente, esto es, en plena posesión de sus sentidos. Y para no decaer la tensión escénica, a los berridos siguieron una gama de inhumanos bufidos: aullidos, gritos, bramidos, graznidos; no había un matiz por sutil que este fuera del palo de la escala de alaridos que no fuera ejecutado con saña contra el compungido -y con seguridad noqueado- auditorio por el elenco de intérpretes. Y no tenían suficiente con ello que, con el fragor de la bestial interpretación, tales alaridos se acompañaron de esputos, que con frecuencia alcanzaban a la primera línea, y de entre aquellos, yo, el más afortunado podría decir, me vi recompensando más que ningún otro –y en justa correspondencia a lo que me había llevado allí aquella noche: la desesperada búsqueda del cálido contacto humano- por una salva casi ininterrumpida de húmedos y pegajosos escupitajos que la actriz principal, con total premeditación al ver mi contrita cara, mezcla de espanto y náusea, tuvo a bien dispensarme a lo largo y ancho de las tres interminables horas de puesta en cercena (que no escena).
Séptima entrega: Uno de los suyos
Etiquetas: Acciones heroicas, Actos de contrición, Odiseas existenciales
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