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Diario de un ser inadaptado (culturalmente hablando)

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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

martes, enero 02, 2007

6. Teatro para sordos


No hace demasiado fui a parar a la consulta de un reputado especialista por un presunto problema, detectado por casualidad en un análisis rutinario, que podía llegar a afectar a un órgano vital de mi ya maltrecho organismo (y no, no era, puestos a puntualizar, el cerebro precisamente el órgano en cuestión). En los primeros minutos de la visita éste desechó cualquier relevancia de la anomalía descubierta pero, en cambio –quizás debido a mi inusual aspecto (por otro lado habitual en mí), el de un muerto en vida, amén de un laconismo en la conversación que combinado con mi hablar siempre errático me hacía a sus ojos no sólo un divagador nato sino más bien un sujeto digno de estudio y probablemente también de ser compadecido– procedió a interrogarme sobre mi modo de vida para concluir unos minutos después que mi problema, si es que en realidad tenía alguno (yo no quise contradecirle en este supuesto pues a mi juicio sí que tenía, sí, y no sólo uno), podía resolverse de manera fácil: más que cualquier medicamento precisaba de… ¡un poco de vida social! ¡Válgame Dios! –proferí de inmediato en mis fueros internos, sin que por ello de tradujera en ningún signo exterior alguno. Y aun pensando que resultaba peor el remedio que la enfermedad me puse raudo –obediente como soy con todos aquellos que, de forma educada y serena, me conminan a seguir una dirección– manos a la obra: adquirí al día siguiente, y a través de unos de mis contactos, una invitación a la obra de teatro más aclamada de las que en ese momento estaban en cartelera; y digo bien invitación que no entrada, porque una cosa es verse impelido a socializarse por prescripción facultativa y otra muy diferente es tener encima que pagar por ello.

Lo primero que me irritó nada más entrar al teatro fue la disposición de las butacas: justo cercando el espacio escénico. ¡Abrase visto la osadía de la compañía! No les basta con tener público en eso que eufemísticamente llaman representaciones, ¡encima nos quieren tener a tiro por si acaso nos revelamos! (Pues no será por ganas, me decía, ya inquieto en vistas de lo que me venía encima.) Y para más inri, el asiento numerado que figuraba en la invitación proporcionada por mi -llamémosle así por evitar los insultos- buen camarada estaba en la primera fila (¡que se vaya preparando el muy canalla, cuando le pille va a quedar de cuerpo ausente!) La sorpresa, tanto por la disposición como por mi ubicación en ella, me pilló desprevenido. Dubitativo me hallaba, sopesando entre irme o no, cuando el espectáculo dio comienzo. Me maldije entonces una y mil veces por no haber reaccionado a tiempo -pues encima había llegado sólo unos minutos antes del inicio como suelo hacer para no tener que soportar las conversaciones majaderas que los ignorantes a mi alrededor suelen arrojarse los unos contra los otros- y huir veloz de allí como era menester. Pues bien, el espectáculo comenzó y francamente menudo espectáculo fue: una pesadilla, para ser más exactos. Había tenido el disgusto de prevenirme leyendo unas críticas de la susodicha representación, pero nada más lejos de lo que allí puede ver, oír, y sobre todo recibir con mis sensibles, y fácilmente irritables, órganos sensoriales. Unos atroces berridos nada más empezar me sobresaltaron sobremanera, ¡que no son formas de declamar por muy drama que la obra fuera a no ser que para incapacitados (auditivos) dirigida estuviera! Pero no, la obra era para público corriente, esto es, en plena posesión de sus sentidos. Y para no decaer la tensión escénica, a los berridos siguieron una gama de inhumanos bufidos: aullidos, gritos, bramidos, graznidos; no había un matiz por sutil que este fuera del palo de la escala de alaridos que no fuera ejecutado con saña contra el compungido -y con seguridad noqueado- auditorio por el elenco de intérpretes. Y no tenían suficiente con ello que, con el fragor de la bestial interpretación, tales alaridos se acompañaron de esputos, que con frecuencia alcanzaban a la primera línea, y de entre aquellos, yo, el más afortunado podría decir, me vi recompensando más que ningún otro –y en justa correspondencia a lo que me había llevado allí aquella noche: la desesperada búsqueda del cálido contacto humano- por una salva casi ininterrumpida de húmedos y pegajosos escupitajos que la actriz principal, con total premeditación al ver mi contrita cara, mezcla de espanto y náusea, tuvo a bien dispensarme a lo largo y ancho de las tres interminables horas de puesta en cercena (que no escena).

Séptima entrega: Uno de los suyos

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