5. Un poquito de [seriedad,] ¡por favor!

Después de una tensa jornada y prolongada jornada de trabajo es frecuente llegar a altas horas de la madrugada con la mente todavía muy excitada e incapaz de desconectar o, cuanto menos, de apaciguar, de liberarse por unas horas de la vorágine que nos envuelve y asfixia a diario. Es en esos momentos cuando uno hace uso extensivo de nuestras siempre amigas benzodiacepinas, o cualquier otra droga capaz de retrotraernos a nuestro estado original, el letargo inconsciente en el interior del útero materno. Estacionados allí, en un sueño hueco de sensaciones, somos sólo entonces plenamente felices. Sin embargo, de un tiempo a aquí, utilizo un remedio alternativo, aunque no exento de ciertos efectos secundarios, que un día descubrí por casualidad.
Estaba una madrugada tan insomne que ni siquiera un cóctel especial (de narcóticos marca de la casa que tenía para los casos desesperados) logró arrojarme en brazos de esa extravagante deidad onírica tan, por todos, socorrida. Desesperado encendí el televisor y justo por azar (o quizás no tanto) empezaba a la sazón la repetición de un programa sobre libros. La conductora, un poco atropellada y dubitativa, introdujo tras una breve introducción a dos colaboradores, y estos, con el beneplácito y jaleo de la susodicha, encadenaron una serie de inquisiciones y reflexiones culturales aderezados de forma intermitente con entrecortadas risas del tipo nervioso. Debo confesar que al principio la contemplación allí de esos tres avezados críticos (de sólo cuerpo presente) me supuso una experiencia casi religiosa, aunque demasiado chocante y peligrosa dado mi estado intrínseco de permanente excitación.
Paradójicamente (o quizás no tanto) al poco tiempo de exposición noté, mientras ellos no cesaban en mantener tal conducta sino incluso acentuarla con un intercambio todavía mayor de mensajes paralizantes y risitas algo dislocadas, como mis músculos (todos sin excepción) comenzaban a relajarse de forma gradual. A los pocos minutos mi mente desconectó (¡al fin!) de semejante sarta de… apreciables comentarios, cayendo desplomado en el mismo sofá donde estaba. Dormí de un tirón, sí, como un bendito lactante, y al despertar de buena mañana lo hice con aquella sensación de paz y plenitud que únicamente un profundo y reconstituyente sueño es capaz de conseguir. Sí, señoras y señores, aquel bendito (sí, bendito una y mil veces) programa de libros fue mi salvación haciendo por mí lo que ningún laboratorio farmacéutico había logrado tras arduas investigaciones en pos de la síntesis de poderosos narcóticos. Y desde entonces no he parado de hacer uso extensivo de semejante (y eficaz) herramienta, caída a mi parecer del mismo cielo. Y desde estas líneas me permito recomendársela a todos ustedes en el conocimiento de que no falla. No falla. Crean por un momento en mí, aunque no me conozcan ni tampoco quieran nunca hacerlo más que nada por lo que aquí relato.
Sexta entrega: Teatro para sordos
Etiquetas: Actos de contrición
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