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Diario de un ser inadaptado (culturalmente hablando)

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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

jueves, octubre 26, 2006

2. Por qué me hice pintor

¿Se han parado a pensar alguna vez la enorme responsabilidad (cultural) que recae en manos de unos especimenes tan sacrificados como los/as bibliotecarios/as? Si no lo han hecho, no me extraña. Tampoco me extraña que al leer esta (-me temo que consideren- estúpida) pregunta, automáticamente me repliquen esputándome con cierta acritud: ¿es que no hay cosas más importantes sobre las que pensar en este mundo rebosante de penalidades y sufrimientos? ¡Qué inocentes son! ¡Y qué desinformados están! Se nota que no han pensado de verdad sobre tan abnegada profesión. Estos mártires intemporales que un día, inconscientes de sus futuras penalidades, decidieron entregar los mejores años de su vida para salvaguardar apasionadamente la cultura de manos ignorantes, estos custodios culturales entregados a una empresa clave para los inciertos años venideros... ¡permanecen ignorados!, porque esta su tarea resulta (y resultará) del todo invisible al más común de los mortales -esos mismos ignorantes de los que pretenden poner a buen recaudo la más exquisita de las culturas-; y es esta la ignorancia de los ignorantes la que les empuja hacia el más hondo de los sufrimientos posibles: aquel que, en completo anonimato, se padece mudo aun a sabiendas de que la importancia de la misión emprendida pasará siempre desapercibida.

¡Quién osaría ponerse en el lugar de estos héroes ignorados ni que fuera por unos breves momentos! No prueben de hacerlo, ¡no lo resistirían! Día tras día sentados en incómodas sillas soportando estoicamente un cúmulo continuado de desagravios, tales como: documentos entregados por los usuarios uno tras otro y... ¡fuera de plazo! (mejor dejar aparte la entrada de novedades, ¡se les podrían los pelos de punta si supieran la pesada carga que supone dar de alta una nueva entrada!); usuarios que, a ráfagas intermitentes, tienen la osadía de demandarles... ¡un préstamo!; y, por si fuera poco lo anterior (y a modo de remate), viejos con halitosis que se acercan más de la cuenta para pedirles el ¡maldito periódico del día!, y no cualesquiera de esas joyas custodiadas con entrega. ¿Y qué joyas son esas? -me dirán. Esa es otra. ¡No existen tales joyas! Custodian en verdad meros recipientes, envoltorios de diseño, contenedores de escasos documentos, documentos podridos, viejos y sucios recuperados de algún oscuro almacén con el único objeto de rellenar esas estilizadas paredes que les sepultan en vida. ¿Se imaginan el abismo al que muchos se abocan cuando reconocen, toman conciencia de semejante descubrimiento? ¡Qué perverso engaño el de sus superiores! ¡Ay Dios mío, si estás leyendo estas inquietantes líneas, perdónales... porque no saben lo que hacen! Así, unidos a un trágico sino -el de malbaratar su existencia en la recreación de un simulacro cultural- moran de por vida entre paredes que se corrompen al compás de su propio marchitar. Después de todos estos avatares, ¿cómo esperan que les atiendan con una sonrisa en la boca? Es lógico y humano no esperarlo, pues una pequeña parte de esa enorme amargura que les corroe transciende al exterior. ¡Qué no son de piedra!

Desde aquí (aquí mismo) y aprovechando esta oportunidad que yo (yo mismo) me he dado, debo confesarles que fui testigo mudo -mudo, pues es sabido el silencio sepulcral que hay que mantener en toda biblioteca que se precie- de ese lento pero inexorable marchitar y... ¡me afectó y no saben cuánto! Por ese motivo, incapaz de poder soportar más la contemplación de semejante tragedia (porque si esto no les parece una tragedia ya me dirán), renuncié a volver a toda biblioteca. Sí, les parecerá un acto cobarde, estoy de acuerdo, pero debía anteponer mi supervivencia a cualquier otra consideración: yo, en mi extremada sensibilidad, ¡no pude resistirlo más! ¡Tuve que distanciarme! Bueno por eso y porque me peleé con una bibliotecaria jefe. Sí, lo sé, cometí un acto imperdonable, pero no se crean que no estoy pagando por ello las consecuencias, no. Y pese que un acto así no tiene perdón de Dios, desde aquí, desde estas páginas, ¡señorita bibliotecaria jefe! (sí, señorita porque desafortunadamente se mantiene doncella) si me está leyendo, ¡le pido a pesar de todo mil perdones! ¡Dispénseme si su religión se lo permite! Desde estas líneas me tiro de las letras, quiero decir, de los pelos, sí, no lo dude. ¿Cómo me pude dejar llevar por mi arraigado acné y discutirle los motivos que les habían llevado a una huelga encubierta porque demandaban personal especializado en poner guías de lectura en los documentos prestados e incomprensiblemente no se lo daban? Ahora, después de los años y tras alcanzar cierta madurez, reconozco mi error, y más aún reconozco mi culpa, mi grandísima culpa, que desde entonces llevo arrastrando por el desagravio contra usted injustamente cometido.

Un día, años después y cuando pensaba por fin verme liberado de semejante carga, me enteré de la llegada de una joya cultural a uno de esos mausoleos, digo, altares del conocimiento. Todo este aciago asunto refloreció en mi interior a la vez que se contraponía incomprensiblemente... ¡una enorme excitación! ¡No podía ser, al fin! -me decía. Reprimí las enormes ganas que me invadieron de ir hacia allí y arrodillarme en señal de veneración. Aguanté sólo unos días más, y haciendo de tripas corazón, me dije donde dije digo digo Diego (o algo parecido y con seguridad mucho menos florido) y osé... ¡pisar de nuevo la biblioteca donde reposaba semejante tesoro! Y entré, sí, y a pesar de la culpa que me carcomía, pude reunir el coraje para aventurarme de nuevo por las intrincadas estructuras bibliotecarias, y en poco tiempo pude toparme con él. Me extrañó enormemente que susodicha alhaja -un video sobre el proceso creativo de un reputado pintor contemporáneo- no hubiera sido todavía arrancada de ese templo de las artes donde lo habían ubicado -una vulgar estantería amarillenta de Novopan, para ser más precisos. Y con un ímpetu y valor que desconocía poseer, me atreví a pedirlo prestado, y unos minutos después ya estaba frente al televisor, deseoso de su visionado. Y entonces mi sorpresa fue mayúscula, porqué allí en su interior no supe encontrar joya alguna: solamente hallé un errático hombre que alternaba frases extraídas de algunos tratados orientales leídos de cualquier manera y que unidas de forma inconexa pretendían justificar su obra, con unas acciones (pictóricas) erráticas sobre un descomunal bloque de madera -15m2 fragmentados en tres trozos- al que pretendía primero cubrir de una capa de mármol espolvoreado y luego, una vez solidificado este, pintar una enorme L negra (después de mirar un pequeño esbozo realizado de la obra) que se resistía a toda costa de ser pintada pues era de inmediato absorbida por la superficie marmórea. Y entonces me vino a la cabeza la idea de que ese hombre no estaba en sus cabales, no, no lo estaba, pero no vayan ustedes a pensar que lo deduje por el resultado de la obra en cuestión o por su mirada -siempre algo desviada y perdida en una lejanía imprecisa-, más bien lo intuí cuando observé pasmado como depositaba el magma del mármol en polvo en presencia de uno de sus hijos en edad de crecer: ¡el muy infanticida estaba exponiendo a sangre de su propia sangre a la emanación del polvo letal que invadió todo su estudio debido a sus inoperantes manipulaciones! Y en ese mismo instante (sí, mismo nuevamente) una idea, que no me atrevo a etiquetar, brotó de mí: yo también podría hacer lo mismo aunque no tuviera descendencia alguna; bueno lo mismo exactamente no, era materialmente imposible manejarse de una manera tan incompetente. Y desde aquel día lo llevo intentando con denodado afán hasta hoy (hoy mismo). Espero que sepan perdonarme por ello.

Tercera entrega: Tiempo de espera (exactamente 23 minutos, 15 segundos y 34 décimas de segundo)

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