
No lo puedo evitar. Llevo meses enganchados a ellos. Apasionadamente leo una y otra vez el listado de los abonados. Los últimos días estoy imantado a los usuarios cuyo primer apellido empieza por la letra F, y más en concreto a los Fernández: FERNANDEZ ABAD, FERNANDEZ ABASCAL, FERNANDEZ ANCIO, FERNANDEZ BALDADO, FERNANDEZ BALDOR, FERNANDEZ CAREO, FERNANDEZ CATEO, FERNANDEZ COTERO-ECHEVARRIA, FERNANDEZ DE LA ABADIA DE TORREDOLONES, FERNANDEZ DEL CANALILLO, FERNANDEZ DE LA REGUERA, FERNANDEZ LECHERO-FUENTERAVIA, FERNANDEZ LITINEZ, FERNANDEZ MARTINEZ, FERNANDEZ MATEO, FERNANDEZ RANCIO, FERNANDEZ RASTRERO DE MEDINASIDONIA,… ¡Qué intensidad, qué vigor narrativo! No te repones del sobresalto de haberte tropezado con un Fernández Abad de los Fernández Abad de toda la vida, cuando a renglón casi seguido aparece brutalmente todo un ¡Fernández Abascal! ¡Qué atrevimiento!, así como si nada. Y luego, qué forma tan sucinta pero precisa de describir: basta con colocar sus dos apellidos, las iniciales de su nombre, la dirección y el correspondiente número de teléfono; y si quieres saber cómo es –alto, mediano, a ras de suelo; escuálido, delgado, tonel de cerveza; si tiene algún rasgo distintivo o no, pongamos una peca en las zonas genitales,…–, a qué se dedica –a la abogacía, a la medicina, al vilipendio de sus congéneres,…– y con quién vive –con una esposa católica y dos hijos naturales, con su suegra tras fugarse del domicilio familiar con la susodicha, con una vecina los lunes y los jueves al mediodía y con su mujer el resto del tiempo,…– qué mejor que conocerle en persona yendo a su casa, previa cita concertada por teléfono (ya que te lo facilitan muy amablemente). ¡Y punto! Es un hecho seguro que te abrirá las puertas de su hogar y que te obsequiará con todo tipo de detalles hasta saciar tu curiosidad malsana. Sobran entonces las descripciones banales, cretinas, farragosas sobre personales -tanto o más banales, cretinos o barragosos que las descripciones que les definen- a las que nos tienen acostumbrados en sus criminales novelas todos esos insignes escritores con los que, yendo de librería en librería, buscando ordenadamente por las de igual maneras ordenadas alfabéticamente estanterías, me he dado de bruces; y es que además, y con los años, me di perfecta cuenta que casi era preferible no hacerles ni caso y que, eso sí, lo que me impresionaba de ellos era sólo su nombre y apellidos, pues bastaba con abrir sus libros para de inmediato volverlos a cerrar del asco, de las arcadas que tanta estupidez pamplinesca en letra apretada o expandida, en tapa dura o blanda era perpetraba de continuo y sin escrúpulo alguno, y así alejé de mi vista, y para siempre, toda esa literatura-engaño que tanto burla a los sentidos comunes (si bien tan poco comunes), y, así (una vez más) fruido de la virginal intensidad de los nombres y apellidos, me abandoné a la única y más auténtica lectura: la de la colosal y majestuosa literatura de los listines de teléfonos. ¡Benditos seáis, para esta vida y para la que viene, listines que contenéis todos los apellidos habidos y por haber!
Próxima entrega: ¡Catedráticos al paredón!
Etiquetas: Arrebatos místicos
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