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Diario de un ser inadaptado (culturalmente hablando)

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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

domingo, mayo 20, 2007

12. El club de los preclaros tuertos (buscando a Susano desesperadamente)

En una de esas decisiones inexplicables que, por suerte para mi cordura, tomo muy de vez en cuando, me vi arrastrado a un encuentro periódico entre gente muy, muy (pero que muy, muy) inteligente. (Nota aclaratoria: me gustaría achacar en esta ocasión mi inconsistencia mental a algún suceso de tipo colectivo del cual no tuviera conciencia en el instante de cometer semejante insensatez, p.ej. del tipo de una emisión marciana de ondas coartadoras que impulsaran a los terrícolas por un período de una hora a emprender acciones del todo absurdas.)

Cuando llegué al salón donde se iba a desarrollar semejante reunión estaba prácticamente abarrotado, aunque pude colocarme, o mejor dicho, esconderme en un rinconcito de la última fila, a mano izquierda según entrando. Me senté y, casi al mismo tiempo, esperé sin saber porqué lo peor (bueno sí lo sabía pero para qué decírmelo, ya bastantes noticias aciagas recibimos del exterior como para empezar ahora a recibirlas también desde el interior). En todo caso, no huí ipso facto, y es que debería haberlo hecho. Pues bien, no sólo no puse pies en polvorosa sino que aguanté hasta el final cual resistente numantino; y como se verá a párrafo seguido mucho aguante tuve, o eso o lo de las ondas marcianas más que hipótesis era un verdad como un templo.

Nada más aterrizar y salió un asistente a la palestra, esto es, un púlpito desde donde allí parecía que la gente platicaba nomás –nomás que tonterías, adelanto desde ya mismo, por si luego en medio del fragor del discurso trascrito le quedaran dudas al lector. Y no empezó todavía el sermón cuando todo el mundo allí sacó papel y estilográfica y parecía dispuesto a… ¡tomar notas! ¡Madre del Dios hermoso, dónde fui a parar! Y entonces dije las siguientes palabras (eso sí por lo bajini, no fueran a lincharme): ¡Madre! ¡Sálvame de estos insensatos, tú que tienes contactos directos con el Todopoderoso! ¡Te lo pido por lo que más quieras, tú que quieres y mucho aunque no lo parezca! Será que por la tensión del momento no debí pronunciar con suficiente claridad esas mis palabras exhortantes, pues no me salvó, no. ¡Tuve que tragar mecha y a palo seco!

El espontáneo empezó así su discurso: “¡Qué alivio estar de nuevo con vosotros, dejando por un momento de lado mis importantes negocios al frente de mi propia empresa, y ver una vez más que aquí hay un montón de personas que hacen cosas exactamente igual que uno mismo!…” (Sí, estimados lectores, él también, y a pesar de estar hablando, estaba garabateando lo que fuera en un bloc que sostenían sus manos.) “…qué enorme congratulación me da saber que vosotros también estáis comprometidos con los problemas capitales de la humanidad como por ejemplo la inclusión de paneles solares en los pisos de nueva construcción, para así evitar la estupidez de quemar carbón para producir electricidad, reduciendo emisiones…” (en ese punto me sobresalté de repente, yo que estaba a punto de convertirme en un emisor indeseable de gases contaminantes, justo por la parte trasera de mi ser, entonces me contuve no fuera que no saliera vivo de allí, rodeado como estaba de gente tan concienciada en pos de un mundo sostenible) “…¿tanto cuesta que en los aparcamientos de los susodichos pisos tengan un enchufe con llave, para que el día que se empiecen a vender coches eléctricos (o híbridos) la peliaguda cuestión de la infraestructura esté ya resuelta?” Aquí fue cuando empecé a pensar si alguien no había inundado la sala con algún efluvio alucinógeno, pues esa (¿capital?, ¿marsupial?) cuestión consiguió arrancar de los asistentes una enorme ovación. Y el tema no se paró aquí, no, ¡fue todavía a mayores! No se quedó contento con lo que acababa de decir que justo después se atrevió con lo siguiente: “…Y por cierto, lo que más me gusta de las mujeres es su intelecto.” La sala parecía venirse abajo; y abajo estaba yo, por los mismos suelos, pero de las naúseas. De verdad que alguien aquí tenía un problema, y sí, ese alguien parecía que… ¡era yo!, a tenor del entusiasmo que sembraba en el resto de los espectadores. Pero es que el festival parecía no tener límites. De repente se levantó del asiento una, poseída seguramente por un arrebato de índole religioso, y le esputó sin anestesia ni nada: “Muy razonable, muy razonable todo lo que dices, lo que haces…” (¿eh? ¿lo que haces? –me dije por mis asustados adentros -sí, me sentía a la sazón francamente atemorizado, estaba casi convencido de que no saldría de allí sin ser por ellos abducido-, pero si no había hecho nada desde el púlpito a excepción de parpadear más de la cuenta y sonreír como si estuviera bajo los efectos del gas nervioso) “…tienes una buena formación” (esto, ¿qué me había perdido algo?, si no había dicho dónde había estudiado ni tampoco nada remótamente parecido) “…y mucha sensibilidad, del tipo empresarial sin ir más lejos. Congratulaciones diversas (por aquí, por allí, por tu entrepierna también). Por cierto, me han interesado tanto algunas de tus opiniones que quisiera comentártelas en privado.” Y entonces el bochorno no fue suficiente que una nueva se sumó al inteligentísimo debate: “Esto, yo también, o sea, enhorabuena, o sea, me ha, o sea, encantado, te lo juro, o sea, ¿para cuándo, o sea, quedamos?”
Proxima entrega: lo que más me gusta de las mujeres es: los callos de sus pies izquierdos

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