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Diario de un ser inadaptado (culturalmente hablando)

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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

sábado, enero 20, 2007

8. Un millón para el peor


Oírla es un primor. Una experiencia inolvidable comienza -cuando menos te lo imaginas- al sentir primero un tono de voz inconcebible en cualquier adulto en sus cabales y luego descubrir (para vergüenza ajena) que pertenece a una laureada escritora; tal es tu desconcierto que te dices poco antes de empezar a reventar, y en un signo que te honra difícil de clasificar (¿es cordura o, mejor, pura -y dura- supervivencia?): ¡para!, ¡déjalo correr¡, ¡no la escuches más!, ¡tápate los oídos, incauto, antes de sucumbir!, pues escucharla hilvanar más de tres palabras seguidas no puede ser bueno para tu tensión arterial. Y efectivamente, por un instante, haces caso a la voz de tu (in)con(s)ciencia, porque antepones sabiamente la salvaguarda de tu vida a cualquier otra consideración. Pero, esta madurez que has exhibido dura poco, y es que no puedes evitarlo, es superior a esas escasas fuerzas de las que dispones sólo para ir agonizando: ¡te vuelves a quedar enganchado a la diarrea mental que emana de su boca! ¡Maldita seas una y mil veces! –te dices con saña, pues no puedes evitar el arrojo de injurias contra ti mismo porque, aun sin atreverte a reconocerlo abiertamente, esa diarrea de la que abominas en verdad te atrae: sí, es demasiado nauseabunda para tener parangón posible y, pese a ello, pronto descubres extrañamente excitado que su hedor genera en ti casi de inmediato un sorprendente proceso purificador: convulsas arcadas te convidan a despojarte de los restos de la última cena y a resultas de ellas, cuando la expulsión se materializa y completa al fin, te sientes renovado de verdad por dentro, purificado en extremo. Y desde entonces, desde el preciso momento en que te diste cuenta de ese insospechado efecto catártico en tu organismo, no haces más que oír, ¡leer incluso!, a muchos otros escritores/as tan laureados o más que ella, y por supuesto tan tontorrones/as o más que la susodicha, y una vez que empezaste, es un nunca acabar: rodeado vives de sus imágenes, voces y textos en una catarsis permanente y poseído de una enorme dicha. Agradecido quedas pues para siempre a susodicha so borrica, aquella que sin tú sospecharlo antes te abrió a una nueva dimensión espiritual de la existencia, y, sí, esta catarsis tuya es un nunca acabar porque ¡hay tantos donde escoger!

Próxima entrega: ¡encabrono, luego existo!

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