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Diario de un ser inadaptado (culturalmente hablando)

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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

sábado, noviembre 11, 2006

4. ¡Calmen a esa epiléptica!


¿Que cómo lograron arrastrarme hasta ese demente embrollo danzaril? Debo dejar más tiempo, por mi seguridad, qué me cicatricen bien las heridas y entonces (y sólo entonces) hablaré de los motivos y las causas que me condujeron a la contemplación de semejante coreografía y el trauma subsiguiente originado en mí. De momento las dejaré al margen. Basta, y a modo de terapia, que me ciña exclusivamente al horror del que pude allí ser testigo de primera mano. El resto lo dejo a la comprensión de ustedes y la magnanimidad e infinita benevolencia del Todopoderoso.

Nada más adentrarme en el supuesto teatro, no pude por menos que exclamar: ¡mi, no estar en mis cabales!; sí, me dije eso mismo, espantando ante la súbita pérdida de juicio que suponía contemplar lo que parecían ser los restos derruidos de una fábrica que hubiera sido descuartizada con furia y decisión por los mismos trabajadores para apropiarse de cualquier objeto de valor, después de ser alertados de la inminente quiebra ruinosa de la empresa. Pero, no, el que no estaba en sus cabales debía ser el director escénico o como se hiciera llamar el infame responsable de la puerco-industrial decoración del cochambroso recinto. Yo, en su lugar, actuaría bajo seudónimo, no vaya ser que más de un espectador furibundo salga de allí con ganas de pedirle daños y perjuicios, o algo peor, es decir, con intención de ejercer una acción más inmediata y expeditiva en su contra.

En lugar de dar media vuelta y largarme lo más rápido que mis debilitadas piernas pudieran –debilitadas digo porque de la impresión de susodicha decoración se apoderó de mi cuerpo un temblor nervioso que, durante unos minutos, logró agotarme sobremanera, vamos, como esas máquinas tan en boga que te sacuden mecánicamente para hacer ejercicio de forma pasiva y quemar así calorías– entré y me dediqué encima… ¡a buscar el asiento numerado que correspondía con mi entrada! Pero, allí no habían números ni, menos aún, asientos, pero pronto, cuando el resto de espectadores habían entrado (una escasa docena de incautos) y el espectáculo dio comienzo, nos dimos cuenta del porqué: una mujer rubia pintarrajeada en tonos plateados y negros, y enfundada en un traje de cuero salió de la nada y agitando un látigo que sujetaba con firmeza nos sugirió sutilmente (o bueno no tanto porque no paraba de vociferar) que nos colocáramos con urgencia en dos filas separadas por unos metros. ¿Con que esas teníamos? Sí, ¡nosotros también participábamos en el espectáculo! Sí, resultaba todo un espectáculo vernos. ¡Tierra trágame! –esputé entonces desesperado, pero debajo de mis pies sólo había una firme capa de cemento y resultaba materialmente imposible. No obstante, un rayo de esperanza brotó de repente: nosotros, el público, nos miramos con la intención de hacerla frente aunque, debido a nuestro instinto de supervivencia o directamente miedo, desistimos raudos de cualquier acto heroico; así, obedecimos como dóciles lechales, y como ellos, a puntos de ser sacrificados a la entrada del matadero, nos dispusimos en la formación requerida.

Una vez que la posesa –digo posesa pues no parara de contornearse a espasmos– le pareció el clima del todo propicio, un clima sepulcral para ser más concretos, empezó su –digamos y por emplear un término inteligible– coreografía, mientras procedía simultáneamente a despojarse poco a poco de cada una de las piezas que componían su masoquista atuendo, si bien no se deshacía del látigo, siempre sujeto con firmeza en su mano. ¡Qué mal rato nos hizo pasar la condenada! Eso no era ballet, era algo más bien… balístico, porque a cualquiera con los nervios ya algo desechos podría serle la gota suficiente que le provocara unas irrefrenables ganas de emprenderse a balazos contra ella sino fuera, claro está, por el temor por ella infundado y que impedía cualquier acto de rebelión: ¡de eso se valía la muy canalla! En otros espectáculos arriesgados, llamados así porque la integridad de los artistas corría un serio riesgo ante la rabia originada en el pobre espectador por pagar para ser torturado un mínimo de una hora y treinta minutos de forma ininterrumpida, se habría originado rápidamente un motín. En cambio, nadie rechistó en este: soportamos estoicamente el demente striptease integral; tal era el temor por ser agredidos tras cada nuevo giro convulsivo de la susodicha danzarina. Incluso al final… ¡la aplaudimos!, eso sí de forma tibia pues el miedo todavía nos atenazaba.

Quinta entrega: Un poquito de [seriedad,] ¡por favor!

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