3. Tiempo de espera (exactamente 23 minutos, 15 segundos y 34 décimas de segundo)

Sí, es insoportable la levedad del ser, sí, pero igual de insoportable –añado– es su ilimitado cretinismo. Cómo sino se podría explicar la inagotable proliferación, y posterior encumbramiento, de (supuestos) reputadísimos escritores que osan martirizarnos con un tostón tras otro basado, propiciado, inspirado… ¡en sus insignificantes y huecas vidas! Y encima, ¿nos los tenemos que tragar así a palo seco? A mi modesto entender –y teniendo en cuenta que semejantes bombas de relojería las venden sin manual de instrucciones ni tampoco con advertencias (para poner sobre aviso del serio peligro que suponen) del tipo: la exposición prolongada y reiterada a este entuerto narrativo puede ocasionar daños irreparables en el cerebro– su lectura ha de ir siempre acompañada de la ingesta previa de algún tipo de estupefaciente que aturda sobremanera al lector y evite, en consecuencia, los gravísimos efectos secundarios que la asimilación del texto en plenas facultades cognitivas supondría.
Sin embargo, en la vida de todo ser humano que se precie hay momentos oscuros, sí, muy oscuros: cuando me envuelven las tinieblas y me vence la tentación, abandono todas esas consideraciones efectuadas arriba, y no sólo me venturo a la lectura de susodichas obras inmundas sin la debida protección sino que incluso… ¡me entran unas irrefrenables ansias de emularles!, sí, de remedar a semejantes colosos de la infraliteratura. ¡No puedo evitarlo! Desde aquí exhorto vuestra absolución completa (soy un ser débil y despreciable, lo sé), porque en el rincón más apartado de mi oscuro ser reconozco ese (su) camino como el único verdadero, y es entonces, envidioso de la gloria literaria de la que gozan, cuando gustoso usurparía su lugar pues grande e intenso el deseo es, deseo de ser asimilado por el sistema lo antes posible para así abrazar sus economistas preceptos y abandonarme a sus corrompidos catecismos. ¡A quién no le gustaría gozar de la fama que disfrutan yendo de fiesta en fiesta rodeado de la flora y la fauna de la podredumbre política y social! ¡Qué lance la primera piedra aquel que rechazaría el continuo agasajo que supone la atención de periodistas preguntándoles sobre cualquier tema sólo con el afán de llenar unas líneas o un espacio de tiempo y, de esta manera, pagar las facturas que no cesan de ahogarles! No voy a ser yo, ¡no!
Sirvan estas líneas que siguen, extraídas de mi propia epopeya cotidiana y escritas en esos momentos de zozobra existencial, a modo de mi más sincero homenaje a todos ellos…
8h21’13,1’’ Mi predictor –el mental, aquel que toda mujer que se precie lleva instalado en su interior– acaba de confirmar lo que ya intuía (como persona intuitiva que soy): estoy embarazada, muy embarazada. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Me acosté con alguien la noche anterior? No me acuerdo, pero lo dudo. ¿Y hace dos días? ¿Fueron acaso tres? No. ¿Y la semana anterior? Tampoco. ¿Y el mes pasado? Todavía menos ¿Y el último semestre? Ni hablar ¿Y hace un año? Que no. Nada de nada. El contacto más íntimo, que he tenido desde no quiero saber cuando, se produce cada mañana al viajar apretada en el metro. ¿Me puedo quedar así embarazada? Vamos a ver, pensemos. Creo que no. ¿Entonces? Esto es raro… muy raro. Es un caso que roza lo paranormal. Entonces, ¿qué hago? ¡Ah, ya lo sé! Me propongo llevar un diario que recoja esta angustiosa experiencia…
8h22’1,24’’ Me parece que he experimentado esto mismo antes… ¿debo pedir hora al ginecólogo? ¿Debo decírselo al padre? Pero, ¿de qué padre hablo? ¿del mío?
8h24’45,37’’ Han pasado más de dos minutos (dos minutos, treinta y dos segundos y treinta y seis décimas de segundo para ser exactos) desde que mi cuerpo vive pendiente de otro cuerpo: estoy sintonizada a él, sincronizada a su inexorable transformación, ¡oh! Mi vientre, más abultado de lo normal, es el primer e irrefutable indicio. Pero, de repente, y al contemplar de nuevo –y con mayor atención– mi tripa, una duda capital me asalta, rompiendo en mil pedazos este clima materno-bucólico: ¿no serán acaso sólo gases? No, sé que no, que este aumento desproporcionado de mi cuerpo se debe a que, en mi interior, un ser que todavía no tiene ojos está creciendo. Y entonces otro siniestro nubarrón se cierne sobre mí arrojándome lapidariamente una nueva cuestión: ¿por qué no tiene ojos? ¿Qué es lo que tiene en su lugar? ¡Para! –me digo– este vértigo inquisitorial al que me estoy viendo abocada sin saber la razón no es bueno, no es bueno sobre todo para ti, mi pequeñín.
8h35’45,37’’ ¿Qué me está pasando? Me noto los pechos duros, demasiado duros. ¿Todavía me duran los efectos del tórrido sueño que me ha empapado esta noche? No, es otra cosa. Mi cuerpo se está preparando para tu lactancia. El sostén me estira. La cremallera de mi falda está a punto de estallar. Esta vertiginosa metamorfosis no es normal ¿Qué está creciendo tan rápido dentro de mí? ¿Un monstruo? ¡Claro! Por ese motivo crecía sin ojos. ¿Qué hago?
8h39’45,37’’ Estoy mirando a todas partes ávidamente. ¿Mirarás tú con mis ojos que ya buscan los tuyos? Sí, no te preocupes por mí: ya sé que estoy muy nerviosa, y también muy tonta, porque ¿cómo vas a ser capaz de mirar a través de mis ojos si ni siquiera tienes los tuyos? Permíteme esta licencia, sólo explicable (y digerible) por el infinito amor que siento hacía ti a pesar del absoluto convencimiento sobre tu naturaleza… aberrante.
8h44’28,35’’ No tengo perdón de Dios, aunque espero que tú seas valiente y me perdones algún día. ¿Cómo he podido tener semejante lapsus de memoria? Ya sé lo que hice la noche anterior: ¡me tomé un laxante! Perdóname por haber concentrado demasiadas ilusiones y esperanzas en ti, pues cómo voy a estar embarazada si además soy… ¡un hombre! No me importa, a pesar de ello continuaría manteniéndote dentro de mí ya que, seas lo que seas, te he cogido mucho cariño pero… ¡ya no puedo más! Ahora sé qué debo hacer contigo: ¡evacuarte inmediatamente! Me propongo entrar al lavabo. Pronto deberemos separarnos. Mis músculos pélvicos empezaran a contraerse para expulsarte, y tú… ¡no te resistas, amor mío! Tú tendrás que hacer entonces los posibles para marcharte… ¡ambos lucharemos por separarnos! Y no te preocupes porque justo cuando salgas te estaré mirando, estaré allí para mimarte y cuidarte hasta que finalmente tire de la cade…
Cuarta entrega: ¡Calmen a esa epiléptica!
Etiquetas: Momentos tenebrosos, Motilidad intestinal
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