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Diario de un ser inadaptado (culturalmente hablando)

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Lugar: Distopia, Cosmos, U.S. Outlying Islands

Nací sin pedirlo expresamente por allá el siglo XX; luego no me quedó más remedio que (mal)vivir todo lo que pude, o mejor, me dejaron.

martes, octubre 17, 2006

1. ¡A la mierda la cultura!


Ya lo sé, lo sé –me preguntarán y con razón– ¿qué lógica demoníaca fue la que, hace unos días, me empujó a aventurarme en una de esas librerías consideradas como un oasis, un genuino reducto de cultura? Sí, lo sé (una vez más): no tengo remedio, pero es que a veces pierdo el juicio, me pongo el mundo por montera y cometo unas locuras de las que luego me arrepiento. Pues sí… (ya no me quedan fuerzas para negarlo por más tiempo)… ¡entré allí! y nada más ingresar en semejante templo para el regocijo del alma, y mientras bajaba unas escaleras que daban al nivel principal, un insolente (a falta de una mejor definición) que buscaba y rebuscaba todo ilustrado él por entre una miasma de novedades editoriales, tuvo a bien ¡quererme petrificar con su mirada! ¡Aguanta! –me dije para mis (súbitamente) removidos adentros– no oses dar media vuelta y dejarles a todos con un palmo de narices; espera… ya lo harás más tarde, por el momento continúa como si nada hubiera sucedido. Así pues tuve que aguantarme, y sin darme por aludido, seguí mi camino lo más rápido que pude, eso sí manteniendo mi mirada concentrada en el suelo no fuera a cruzarme con otro cretino similar, porque entonces la íbamos a tener, y consideré que no era plan. ¿Quién se creían que era yo? ¿Cómo iba a cometer una falta tan grave de respeto (cultural) y librar una batalla campal rodeado de un material tan… sacrosanto? ¡Ni hablar!, pero… que no me tentaran: mi paciencia (y la de cualquier otro) ha de tener a la fuerza un límite, y este –por otros hechos que a continuación relataré– estaba a punto de ser definitivamente rebasado.
Después de dejar atrás al insolente me deslicé por una estrecha avenida, y a medio camino giré a mano izquierda para subir por unas escaleras: en la planta superior me esperaba ¡un anhelado botín!, exento de sufrimientos (o eso al menos era lo que creía). Allí arriba parecía respirarse otro aire: obré en consecuencia y me decidí a mirar al frente, abandonando el rastreo del suelo para ocasiones más comprometidas. ¡Me equivoqué! Comprobé pronto, intensamente aterrado, como el ambiente de esa planta estaba corrompido por la presencia de una serie de… ¡carcamales! Y no, no utilizo esta palabra como mero insulto, no. Si me he decidido a escribir esta confesión es, para antes que nada, sincerarme. No quiero dar falso testimonio alguno. ¡Eran unos malditos carcamales! No tengan la menor duda de ello: unos auténticos gruñones, decrépitos que a punto de expirar, y justo antes de este trascendental momento en sus vidas, habían inundado la librería para buscar algún vestigio de cultura con el que acompañarse en su paso al trasmundo. Y no vayan a pensar que me opongo a ello, ¡al contrario! Es muy loable que, como paso previo al abandono de este lodazal de existencia, tengan un último pensamiento, y que este sea para la cultura, pero ¿por qué tenían todos ellos que haberse puesto de acuerdo para inundar esa librería justo en el preciso instante en que yo me había decidido a entrar? ¿Por qué? Decidí abandonar estos pensamientos displicentes, renunciando de nuevo a mis ideales, pues quería a toda costa alcanzar el preciado tesoro que me obligó a entrar. ¿Y cuál era semejante trofeo? –se habrán preguntado sin duda ya los lectores menos adormecidos. O peor aún, ¿cómo sabía que allí me estaba esperando? Sí, hay una explicación, y por muy duro que sea debo admitirlo dejando a un lado la enorme vergüenza que por ello arrastro: ¡ya había entrado antes! ¡Y hacía sólo un par de meses! Raudo –notaba que una náusea creciente se estaba apoderando de mí ante tanto entuerto desagradable y no era cuestión de perder más el tiempo– alcancé la zona donde sabía localizado mi tesoro. Pronto lo encontré: ¡aleluya!, permanecía intacto y entre un montón de… ¡ofertas más! (Sí, lo sé una y mil veces más: soy un ser vulgar, más vulgar de lo que habían imaginado: yo, aventurándome entre mil peligros por una ruin oferta.) Así (de asir) tres obras maestras del medievo que llevaban reposando años en esa basílica del conocimiento, y que nadie incompresiblemente hasta entonces había reparado en ellas: no resulta razonable pensar que estuvieran esperando a un ser tan insignificante como yo. Y no, no se crean que yo y, de paso, este relato hemos entrado en una fase autodestructiva: insignificante es lo que me consideró uno de esos carcamales que moraban por la planta. Me explico. Acaba de tropezarme con un inesperado botín adicional –otra obra maestra pero esta vez contemporánea– cuando, y sin anestesia ni nada, un ilustrado (cómo no) carcamal me esputó a bocajarro: ¿eres de aquí? Me vi entonces en un brete, digamos, metafísico: ¿lo mando directamente a la m… o, por el contrario, mantengo mis buenos modales acostumbrados y respondo literalmente a su pregunta? Opté por lo segundo (no era momento de poner en peligro la captura) y le dije: sí, soy de… (la ciudad donde estábamos), a lo que él se rió. O no tengo sentido del humor alguno (no supe encontrar dónde estaba el chiste) o ese buen hombre estaba a punto de morir por senilidad: si quería indagar si trabajaba en la librería podía haberme formulado directamente esa pregunta. Ya me dirán si es mucha exigencia la mía pedir a semejante (y presunta) eminencia, a punto de caducar, un poco de precisión en aquello que dice. Me tragué de nuevo estas (mis) consideraciones y añadí presuroso, no sin cierto resquemor: no, no trabajo aquí; todavía no he llegado a ciertos extremos. Pero no, no parecía tener bastante: no sólo no me había creído capaz de hurgar en el mismo montón que él si no era un empleado; también se tomaba muy en serio y decidió aleccionarme con “nunca se sabe, un trabajo así tiene… su interés”. ¡Habrase visto semejante insolencia! Me contuve como buenamente pude y evité decirle: si tanto le interesa haga una solicitud en la planta de abajo; sé que necesitan personal de su ca…tegoría. (Lo evité más que nada porque cómo le iban a contratar quedándole tan pocas horas de vida.) Aunque a continuación pensé: igual tiene razón, sí que debe ser muy interesante estar reponiendo todo el día material en las estanterías y verse continuamente interrumpido por un idiota tras otro que no encuentra la última novedad editorial que alguien (pongamos otro imbécil más subido aún) le ha recomendado.

Ya de regreso en la planta baja me situé en la cola porque sí, había que esperar un rato para encima… ¡pagar! Pero lo peor no fue eso, no: al mirar hacia adelante vi como atendían en la caja a (¡oh, cielos!) un patizambo director de orquesta y compositor de música contemporánea, responsable de excitantes (faltaría más)… ¡cacofonías! Sí, cacofonías: no me he equivocado, no; no he querido decir ni sinfonías ni tampoco decadofonías. Si pensaban que sólo era posible extraer confusos y tenebrosos sonidos de las grabaciones dejadas en casas poseídas por los espíritus, estaban muy equivocados: él también puede sacar esos mismos sonidos de… ¡una orquesta! Y no me parece errada esta aseveración mía porque sí, quedó confirmado que tiene cierto interés por los muertos: en uno de sus últimos conciertos no sólo irritó con sus recientes y más cacofónicas composiciones sino que también se atrevía a profanar el repertorio clásico. ¡Qué obsesión con los muertos! ¡Qué los deje descansar en paz! Si quiere ganarse el respeto (o, mejor dicho, la repulsa) de la audiencia que los martirice exclusivamente con material propio y no ajeno, no vaya a ser que, de paso y por un simple y mero efecto de ósmosis, se ganen también autores consagrados la inquina del respetable. Pero es que el drama, señoras y señores, no se acaba aquí, ¡no! El atormentador de oídos sostenía en sus manos un pequeño libro azul cuyo editor… ¡estaba a escasos metros de él! Sí, señoras y señores, sí, y el revientatímpanos… ¡no lo sabía! ¡El muy ignorante! Y ya puestos a decir, el editor no era un editor cualquiera: era de los de pedigrí, es decir, de los autoproclamados independientes. Estaba por ahí riendo entrecortadamente sobre –sí, he dicho bien, sobre– una mujer, y no demasiado lejos de un libro suyo de memorias con el que pretendía intoxicarnos… ¡nada menos que a la hora de la comida! ¡Vamos, hombre! En uno de esos arrebatos incontrolados que a veces me invaden, me dieron ganas de comprarle el libro (porque en el fondo soy un ser que respeta las normas y las buenas costumbres; no vayan a confundirse y pensar que me hubiera atrevido a robarlo de buenas y a primeras) para luego pedirle una dedicatoria ¡habiéndolo hecho añicos justo antes delante de sus sonrosadas narices! ¡Como lo oyen! Es que ya está bien de hacerse el mártir: ya nos vale ir de víctima siendo en realidad el verdugo. Prefiero mil veces leer un libro sobre uno de sus primos consanguíneos más directos –las sanguijuelas– que el suyo, más que nada porque estas –según tengo entendido– tienen un alto valor terapéutico y la lectura de ese (su) compendio de ensimismamientos agravaría –estoy convencido– todas mis dolencias, sin excepción.

Cuando el compositor acabó de pagar le seguí con la mirada para corroborar que, al abandonar la tienda, se haría el aire más respirable pero… entonces alcé la vista de nuevo –sí, en un gesto imperdonable– apuntando hacia lo alto de la entrada y… ¡horror! (en más un sentido como a reglón casi seguido se podrá comprobar): a la par que él salía, entraba… Ella –por no decirle otra cosa más definitoria, bueno sí que me atrevo a definirla mejor…–, una espantosa directora de cine nacional. (¡Ah! ¡Y tampoco se reconocieron entre sí! Es el colmo de la ignorancia, o imbecilidad, compartimental.) Y, debo presuroso a añadir, que el horror no surgía en exclusiva de su presencia física (algo desaliñada y sucia) sino que, en esencia, emanaba de su trayectoria artística. Nadie poseedor de un remoto vestigio de honradez discutiría la innegable estima que suponía haber iniciado un nuevo género (aun sin ella saberlo): el cine de psico-terror urbanita inducido, denominado así pues inducía (sin igualmente pretenderlo) en los incautos espectadores de sus engendros (o películas) –imágenes emitidas a 24 rebuznos por segundos, ambientadas en cualquier urbe actual y centradas en las irrisorias vidas de unos cuantos retrasados– un estado de terror psicológico, únicamente comparable al efecto producido por la visión de ciertos programas culturales que todos conocemos (y por lo tanto no hace falta mencionar). Piensen por un instante (si se atreven) cómo les pudo quedar el cerebro a aquellos escasos espectadores –que en su momento las visionaron sin estar prevenidos ni nada… ala… (como se diría vulgarmente) ¡a pelo!– después de intentar entender los intrincados mecanismos que habían posibilitado a una azafata de vuelos comerciales (en plena posesión de sus facultades mentales) enamorarse de un japonés, que ni hablaba ni gesticulaba ni entendía nada de lo que se le decía, de visita turística a una ciudad del mediterráneo. Bueno, mejor que no lo piensen: ¡bastantes traumas tenemos que afrontar como para buscarnos más sin venir a cuento! No me extraña que, en la actualidad, sea casi imposible ver ninguna de esas joyas del horror cinematográfico: estoy convencido que por una vez el Ministerio de Sanidad ha actuado con rigor y celeridad, y las ha retirado antes de que causaran males mayores en la ya de por sí maltrecha salud de la población –sin ir más lejos una previsible pandemia de una nueva y más letal variante de encefalopatía espongiforme causada por exposición directa a sus filmes, esto es, sin la protección debida como por ejemplo un muro de cemento de un grosor no inferior a 10 cm. Con estos antecedentes, estoy seguro que podrán comprender perfectamente mi reacción cuando pasó muy cerca (¡casi rozándome!): no pude menos que, a modo de acto reflejo, liberar hacia el exterior una ligera mueca de asco; y es que además me vino a la memoria, de golpe y sin avisar, una recomendación literaria de la susodicha –la muy analfabeta– en un infame programa cultural años atrás: un libro de memorias de un insigne actor de cine. (¿Qué raro no, recomendar un libro de cine ella siendo directora de… cine?; más que raro sospechoso, muy sospechoso.) ¿Cómo? –me dirán– ¿que vuelvo a los insultos? No, no, insultos no: lo de analfabeta va de veras; es un hecho científicamente comprobado. Basta con leer el libro en cuestión y pronto todo aquel con cierto grado de visión aún operativa acordará que no es un libro de memorias, no, ni siquiera un libro al uso: es una mera transcripción de una película documental en la que se entrevistó al actor –ya enfermo terminal– aprovechando los descansos del rodaje de la que, a la postre, fue su última película. Por cierto, y para los interesados en los detalles, compró un único libro y de los muy finos –más fino aún que el del insigne compositor; esto me llevó a concluir que en la música se piensa un poco más, no mucho más sin embargo, que en el cine. ¡Ah! (de nuevo). Un detalle para los interesados en aspectos financieros: pidió factura porque claro, pensaba cargarlo a alguno de los encargos públicos que tuviera en su productora. Y un último ¡ah! ¿Acaso pensaron que me esperé para espiarla? No, que va. Es que por imbécil, quiero decir, por insistir en pagar pudiendo haberme ido sin hacerlo, me obligaron –como última penitencia– a esperar un buen rato mientras uno de esos artículos que escogí se resistía a ser localizado por el sistema informatizado de pago. Sí, tan raro era que ni siquiera estaba catalogado.


Segunda entrega: Por qué me hice pintor

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